Odiar es gratis

Me vuelve a sorprender gratamente Antonio Muñoz Molina. Siempre lo hace. Hoy escribe sobre la publicación de El odio, de Luisgé Martín y lo hace para reflexionar sobre la excesiva presencia del autor en el libro y, a la vez, para dejar caer que no todo vale cuando lo que se pretende es el éxito y ganar dinero. Confiesa que cierto pudor le ha impedido publicar según qué cosas, y esto es algo que deberían tener en cuenta los escritores, especialmente cuando con el supuesto daño a terceros se persigue un sensacionalismo que se traducirá en fama y en economías. Ya es suficiente el oportunismo con que el famoseo incurre en el mundo editorial para que encima, los que se dicen escritores, y no pongo en duda que lo sean, se vean tentados por las mieles del triunfo a costa de quebrantar el respeto a los otros. Con lo que cuesta escribir un buen libro y además que te lo entiendan, te lo publiquen y te lo lean. Habla de Truman Capote y de Carrère, pero también lo hace de Louis Ferdinand Céline. Este último practica la exposición descarnada de una vida sin orden aparente, que ha servido de ejemplo para otros escritores franceses, como Houellebecq o Beigbeder. Viaje al fin de la noche es un libro que pretende ser autobiográfico de una existencia poco recomendable. Más bien se trata de un estilo, basado en la irrealidad, al modo de Henry Miller, donde se extiende la sospecha de que tanta marginalidad es solo postureo, una aventura estética por un territorio diferente. La literatura está llena de casos reales describiendo la brutalidad. Por ejemplo, Las criadas, de Genet, se basan en el crimen horrendo de las hermanas Papin, igual que A sangre fría, de Truman Capote lo hace sobre el asesinato de la familia de un granjero de Kansas. En ambas se provoca un debate sobre las motivaciones y las consecuencias penales. En el primer caso, Jean Paul Sartre lo analiza desde la lucha de clases, y, en el segundo, se discute sobre la abolición de la pena de muerte, con la colaboración de Harper Lee, la autora de Matar a un ruiseñor. Hay mucha morbosidad oportunista en el aprovechamiento del caso Dreyfus en Emile Zola. Existe una literatura repleta de asperidad, como la de Salinger, en El guardián entre el centeno, o la de Cormac McCarthy, en La Carretera, y en ella se interpreta que se puede llevar a cabo una descripción descarnada de lo que se contempla en una situación extrema, como haría Rembrandt pintando a un buey desollado. Hoy se pueden hacer incursiones en el sórdido mundo de las drogas y de ciertos comportamientos anodinos, como hacía David Foster Wallace en La broma infinita o El rey pálido. Todo cabe en el ámbito de la creación, porque estas obras están dirigidas a un público selecto que apreciará las formas por encima de todo. Otra cosa es presentar el morbo para el consumo de una masa que asiste a lo literario de manera ocasional y convocada por otras motivaciones. Creo que la polémica desatada por el libro de Luisgé Martín tiene que ver con esto último. Por lo demás, coincido, como siempre, con Antonio Muñoz Molina. Él tiene más tiempo para pensárselo. Tarda una semana, o más, en su entrega a El País. Yo lo suelo hacer a vuela pluma, según me llega. Perdón por la inmediatez.