En las medianías del norte de Tenerife se levanta la ermita de San Antonio Abad, en La Matanza de Acentejo. Este enclave sagrado representa una confluencia viva entre historia, fe y tradición ininterrumpida desde hace más de cinco siglos. Desde el 3 de julio de 2020, bajo el impulso del párroco don Luis Joaquín Gómez Jaubert, esta humilde ermita fue elevada a la dignidad de santuario por el obispo don Bernardo Álvarez, en aplicación del canon 1230 del Código de Derecho Canónico, reconociendo así su especial significado espiritual para generaciones de fieles de todo Tenerife.
La escultura de San Antonio Abad, venerada en el santuario, está considerada por la mayoría de los historiadores como la primera talla de madera de un santo que llegó a Tenerife tras la conquista. Fue traída a la isla por Antón Vallejo, escribano público del Cabildo, quien participó en la Batalla de Acentejo (1494). Al sobrevivir al combate, Vallejo cumplió una promesa: levantar una ermita en honor a su santo patrón. Así se estableció uno de los primeros focos de devoción cristiana del norte de la isla. Aunque no puede descartarse que otras imágenes hayan llegado en esos años fundacionales, la de San Antonio Abad es la primera documentada con culto ininterrumpido desde finales del siglo XV, lo que la convierte en símbolo de la cristianización temprana del territorio.
Desde entonces, San Antonio Abad —patriarca de los eremitas y protector de los animales— ha sido un referente absoluto de la religiosidad rural tinerfeña. Su culto en La Matanza adquirió un carácter profundamente sanador y protector, vinculado a la salud de los feligreses, de sus ganados y de las cosechas. Así lo testimonian no solo su feria ganadera, sino singularmente el impresionante repertorio de exvotos que atesora el santuario: figuras de cera con formas anatómicas o animales, cruces, corazones, e incluso pequeñas escenas campesinas. Estas ofrendas, realizadas en agradecimiento por favores recibidos, perpetúan una práctica ancestral en la que lo sobrenatural y lo cotidiano dialogan en un lenguaje de fe.
Particularmente singular es el “cuarto de milagros”, una estancia anexa a la ermita que custodia esta colección heterogénea y conmovedora. Allí, los feligreses adquieren las ofrendas devocionales durante las fiestas en honor al santo —celebradas en enero— para luego entregarlos al altar en cumplimiento de sus promesas. Finalizada la festividad, las piezas retornan a este espacio sagrado, listas para ser reutilizadas en una especie de “alquiler votivo” que mantiene viva la tradición y ayuda al sustento del templo.
Junto a esta costumbre, destaca el paso ritual bajo las andas del Santo y el gesto simbólico de tirar tres veces de su manto mientras se formula una petición. Estas acciones, de profundo arraigo popular, expresan la búsqueda de consuelo y esperanza que motiva el peregrinaje anual de fieles desde todos los rincones de la isla.
No menos llamativa es la colección de exvotos metálicos —especialmente de plata— que convierte al santuario en el custodio del repertorio más copioso de todo Tenerife. Corazones, piernas, animales, vehículos, bebés y objetos insólitos reflejan una religiosidad plástica y sincera en la que cada pieza cuenta una historia de angustia y alivio, de súplica y gratitud.
A lo largo de cinco siglos, San Antonio Abad ha sido testigo de una devoción que no envejece, porque siempre encuentra eco en las nuevas generaciones.

