Dicen que Red Eléctrica tiene sólo un 20% de capital público y un 80% privado, como queriendo interpretar que la intervención del Estado es mínima en el control de la empresa. Lo que se omite es que ese 20% representa al mayor accionista, como ocurre con casi todas las compañías que cotizan en el Ibex 35. A propósito, han caído un 4% después del apagón. Un ejemplo es el 30% que tiene Ourghourlian en el grupo Prisa y que ahora pretende arrebatárselo el socialista Contreras para quedarse con su control. Moncloa se desmarca de REE, pero la designación de Beatriz Corredor como presidenta de la sociedad salió de Ferraz. Las cosas no son tal como se dicen y en esto de lo público y lo privado hay mucha demagogia. En el debate sobre el apagón, ponemos a todos en el punto de mira, aunque en realidad estemos apuntando a nuestro propio pie. A medida que avanza el tiempo, se van aclarando las cosas. La gente quiere que no la engañen más, que le cuenten la verdad, pero esto, en el ambiente que vivimos, va a ser imposible. Nos seguirán construyendo el relato para que el bulo esté siempre en el lado contrario del que lo fabrica. No hay nada mejor que acusar al otro para tener patente de corso en este terreno. El pueblo anda mansamente confiado en lo que le dicen. Por eso, observan la cola ordenadamente para coger un autobús que los lleve a su casa cuando el metro y los trenes dejan de funcionar. Siempre habrá alguien que presuma de eso, como si fuera de su responsabilidad. Ese pueblo conforme y sensato será el encargado de hacer rectificar los errores a quienes los cometan cuando lo convoquen a las urnas. Volvemos a lo mismo. El apagón abre un debate ecologista, a la vez fundamentado en la lucha entre un capitalismo obsoleto y un socialismo más caduco todavía, en una sociedad que no acierta a encontrar su sitio en la modernidad. Hay quien dice que este apagón obedece a los riesgos de una transición que resulta necesario atravesar, y otros lo achacan al atragantamiento de quererla pasar demasiado deprisa. Todo pertenece al relato y a la polarización que se genera frente a los cambios. Nuestra dependencia, al fin, se agrava por la existencia de las dos fronteras tradicionales que nos hacen singulares: Francia y Marruecos, nuestros dos acompañantes fatales durante la Historia, que están tanto para lo bueno como para lo malo. El presidente ha dicho que debemos estarles agradecidos porque, entre los dos, nos han sacado del atolladero. El problema ahora consiste en saber quién nos metió. Me temo que esto último se diluirá en un largo debate que no nos llevará a ninguna parte, como siempre.
