Zelenski, dispuesto a encontrarse con Putin en Turquía”, dice La Vanguardia, mientras en El País titulan: “Zelenski reta a Putin a un cara a cara”. En principio parece la misma cosa, pero no lo es, como no es igual la reacción ante la derrota del Real Madrid en Barcelona vista desde las dos ciudades. La diversidad de la prensa es una garantía del pensamiento democrático y aquí cada uno se reserva sus opiniones para arrimarlas a su teoría y a su forma de ver el mundo. Con el papa sucede lo mismo y hoy proliferan los cantos localistas que presumen de una cercanía de nacimiento, de nacionalidad o de sangre. Se dice que es de ascendencia española, y afinando más, desde aquí se asegura que su madre era de familia canaria. Ahora habría que saber de qué isla era, porque de esta manera la invitación que le cursa el presidente Clavijo lo será a un territorio concreto que aún está por determinar. Hoy Enric Juliana traslada ese relativismo a Santa María del Popolo para hacer una alusión a un cisma, dado que Lutero también era agustino. No me extraña nada que una de las adaptaciones al ambiente que vivimos consista en la separación de la Iglesia, dado que todo lo que existe se divide en bloques irreconciliables. En Santa María del Popolo vi a dos espléndidos Caravaggios: La conversión de san Pablo y El martirio de san Pedro. Dos iglesias juntas: la del intelectual helenizante y la del pescador. Dos formas de entender a un mundo que parece desunido por el entendimiento: el de lo popular, representado por el rasero de los pies descalzos, y el culto, obligado al reconocimiento humilde de la verdad sobrenatural. Esto es lo que está junto en santa María del Popolo, lo demás son artificios literarios que nos hacen ver el mismo hecho desde prismas diferentes. Por eso Zelenski acepta reunirse con Putin y, a la vez, lo reta a un cara cara. Repito, parece la misma cosa pero no lo es. Estuve en la plaza del Popolo al poco de ser elegido Francisco y vi a grupos de jóvenes cantando “Avanti popolo bandiera rossa alla riscossa trionferá”. Hacía bastantes años que habían matado a Aldo Moro y se había ido al traste la moderación de Enrico Berlinguer, pero Italia seguía cantando su vocación partisana sin que por ello peligrara su espíritu unitario, acostumbrada a convivir con un conglomerado de extremos que la llevan a no destruirse en un escenario de rupturas inminentes. Italia sabe de los cismas que no debe volver a repetir, y, pese a lo que se diga, al papa se le sigue eligiendo en Roma aunque no sea italiano. Desde Pablo VI y el efímero Juan Pablo I no lo es. Los últimos, dos europeos y dos americanos. ¿Qué es lo que nos lleva a pensar que estamos al borde de un cisma? Creo que es el contagio de un mundo dividido donde los bloques y las tentaciones autárquicas ponen en peligro la democracia. Precisamente por esto, pienso en que la aceptación de lo que llamamos normalidad nos conduce a ver las cosas de otra manera. Adolfo Suárez tenía razón cuando decía: “Hagamos normal lo que a nivel de calle es normal”. Lo que ocurre es que esa normalidad no coincide con la de la calle ,sino con la del relato interesado que se fabrica para modular a la opinión. Precisamente por eso creo que un cisma no es otra cosa que una fantasía de relatores, de gente que amolda el comportamiento de la sociedad a una realidad que no existe.
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