en la frontera

Humanidad

En estos tiempos de dominio de la tecnología, del funcionalismo, del control y de manipulación, el humanismo cobra especial relevancia. Un humanismo que apunte al crecimiento de las personas en humanidad, en valores humanos. En este sentido, ser más, crecer, no significa rechazar o arrasar los valores que tenemos, sino que significa filtrarlos, purgarlos, y reconocer nuestra insuficiente comprensión de lo que es en toda su extensión el ser humano, su dignidad, y su libertad. Por eso, aunque probablemente nadie pueda hacer una descripción de cómo será el mundo que nos deparará el devenir de la humanidad, el hombre seguirá dando un sentido a su existencia, es decir, seguirá rendido a la exigencia de racionalidad y de libertad, o no será hombre, ser humano. En este contexto, cuando nuestra civilización no es capaz de dar respuesta satisfactoria a tantos problemas como se le plantean, tenemos una obligación especial de prestar atención a las reclamaciones que desde los puntos más dispares se le hacen, que constituyen en muchas ocasiones otras tantas llamadas a las que tenemos la obligación moral de responder. Es decir, estamos ante la obligación moral de responder a las expectativas frustradas, a las aspiraciones insatisfechas, a las reclamaciones desatendidas, y debemos encontrar una respuesta creativa, renovadora, que abra al hombre nuevas oportunidades de crecimiento y mejora. Hoy, en un momento delicado por la aguda y profunda crisis económica y financiera que nos asola, es especialmente relevante que desde la gestión pública se puedan atender de la mejor manera las reclamaciones y reivindicaciones de los sectores más golpeados, de las personas más desfavorecidas, de quienes no tienen voz, de quienes están pagando los platos rotos por otros actores del proceso económico y financiero. No atender estas demandas, y lo que es más grave, castigar al pueblo llano con la factura de lo que está aconteciendo constituye una de las más lamentables manifestaciones de la ausencia de ética en el ejercicio del quehacer público. Las llamadas a la solidaridad y la atención a los problemas que quiebran la espina dorsal de la humanidad en tantos lugares del mundo y que los medios de comunicación nos hacen reiteradamente presentes, reclaman nuestro esfuerzo continuado para hacer del mundo un lugar habitable para todos. Y eso significa de nuevo renuncia, esfuerzo, trabajo. Cierto que no del mismo modo, pero sí que todos debemos arrimar el hombro positivamente, y hemos de encontrar los modos -nuevos modos- de hacerlo con eficiencia. Pero no solo con eficiencia técnica, sino mucho más, con eficiencia humana. ¿Y cómo se articula la respuesta? No es fácil responder categóricamente. Parece, sin embargo, que la respuesta se está articulando ahora mismo por la vía de los hechos. En efecto, hoy se están apuntando soluciones, parciales, locales, sectoriales. Hace falta poner en juego tal vez la llamada finesse d’esprit para saber descubrirlo en la multitud de propuestas, de experiencias, de tentativas que se hacen. Ahora bien, la respuesta universal que representa una nueva civilización solo puede darse con un compromiso masivo, abrumadoramente mayoritario, generalizado y personalmente creativo que alcance a todos los campos y ámbitos de la existencia y la vida humanas, y a todos los segmentos de la población. Y ese compromiso masivo, en una época de crisis de la cultura occidental consecuencia de una honda crisis moral de sus principales principios y asideros, se está articulando poco a poco, con luces y sombras, a través de una general indignación que demandará una regeneración ética básica en los pilares del actual orden político, económico y social de este tiempo.