Elecciones en Portugal. Montenegro gana pero no alcanza la mayoría suficiente para gobernar, los socialistas pierden 20 escaños y la extrema derecha de Chega empata con ellos en número de diputados aunque queda 52.000 votos por debajo. En total, el partido que hasta hace unos años mandaba en el país vecino, obtiene 400.000 papeletas menos. Podríamos decir que esta es una tendencia en el actual mundo democrático, pero analizarlo con procedimientos aritméticos sería una simpleza.
Estas fluctuaciones no pueden considerarse como una carrera en las medias ni como un roto que se arregle con un zurcido. Es algo más. Nadie se pregunta por qué ha sucedido ni cuáles serán las soluciones que se pondrán en marcha para remediarlo. Ese es un asunto que se deja en manos de europeos, que saben que los grandes pactos salvan a las crisis del bipartidismo.
Alguien culpa al populismo creciente, a los cambios del sistema de información, a los activismos incontrolados, en fin, a cuestiones que tienen que ver con la inmadurez del electorado, sin pararse a pensar que éste puede estar harto de algunas políticas que amenazan su seguridad y ante las que se siente indefenso. Echarle la culpa a los electores siempre será un error, aunque yo hace 50 años que escucho a las militancias protestar por ser incomprendidas, y decir que el pueblo se volvió a equivocar sin reflexionar en la posibilidad de que fueron ellas las que lo hicieron.
El resultado de las elecciones portuguesas nos hace pensar que ha quebrado la excepción ibérica, que un territorio común comienza a contagiarse con la ola de fracaso que arrasa al Continente. Estas cosas no ocurren por culpa de la desinformación, ni por los bulos, las danas o las acciones destructivas de la máquina del fango. Quizá se deba más a la proliferación de ideologías exclusivas que desautorizan y niegan la existencia de inteligencia más allá de sus manuales y argumentarios. Tal vez el motivo sea la exhibición de banderas que se presentan como las únicas posibles, y esto en democracia no es medianamente aceptable.
Vivimos una etapa en la que se tiende a colonizar simpatías aprovechando cualquier circunstancia que movilice sentimientos de intimidad personal muy elementales, haciendo que se confundan las soluciones políticas con una división entre buenos y malos. Los hechos demuestran que estas cuestiones no son demasiado convincentes, y que a la gente no se la conquista con demagogia ni con la flauta de Hamelin.
Hay que suponerle un poco más de dignidad, de autonomía y de inteligencia. Volver a decir que se equivocaron es tratarlos como si fueran tontos. La democracia consiste en el elemental respeto por los individuos que integran la sociedad. Lo contrario es el camino hacia el populismo, el totalitarismo y la autarquía. Quizá el pueblo se comporta con la suficiente madurez para darse cuenta de cómo son las cosas y rechaza los intentos de manipulación. Esa es la autocrítica que deberíamos hacer y enterrar los catecismos, las descalificaciones y los dogmas por algún tiempo.
