Una encuesta de La Vanguardia ofrece varias lecturas. No solo que el PP más Vox conseguirían la mayoría absoluta, sino la posibilidad de no celebrar ese acuerdo contando con la abstención de la ultraderecha y el apoyo de PNV, Junts y CC, que darían un total de 157 escaños; siete más de lo que conseguiría un pacto progresista, que se quedaría con 150 escaños. No parece muy recomendable, pero es posible. Otra salida sería la gran coalición, aunque con los actuales protagonistas es muy difícil.
En Portugal, AD tiene 89 diputados, los socialistas 58, empatados con la extrema derecha, pero se teme que con el recuento del voto exterior Chega le dé el sorpaso al PS. ¿Así se puede gobernar? Esta pregunta habría que hacerla teniendo en cuenta la situación actual. Sí se puede, pero a costa de qué. El panorama español no aclara nada y las espadas siguen en alto en una situación donde cada uno aguarda el desgaste del contrario. El calendario no favorece a nadie, a pesar de la regla que establece que el poder desgasta más que la oposición. La tendencia en el mundo democrático es protegerse de los populismos, pero quién está libre de esa rémora en el momento actual. Trump durará 4 años, aunque algunos digan que hará lo posible por darle la vuelta al mandato constitucional y prorrogar su presidencia. En todo caso su lucha es contra el calendario y contra un electorado que ya empieza a desilusionarse.
El problema de la política es gerontocrático y esto contagia a situaciones que se resisten a ser rectificadas y sustituidas porque están centradas en la encarnación de determinados protagonistas. Esto cambiará, sin duda, y lo hará cuando se asienten los nuevos modos sociales que todavía enturbian las aguas de los estuarios, las turbulencias provocadas por las prisas para la adaptación a los nuevos modos y, sobre todo, a las nuevas tecnologías. La historia del mundo está repleta de estas ondulaciones cíclicas. De vez en cuando leo la de Roma, que escribió Indro Montanelli, o la obra de Antonio Escohotado, “Los enemigos del comercio”, donde me cuenta las luchas alternantes por implantar los modelos económicos. También estoy pendiente de Oswald Spengler, hablando de la decadencia, y de Arnold J. Toynbee, con su teoría de la incitación y la respuesta. Algunos historiadores dicen que esos libros están pasados de moda, pero yo creo que no es verdad.
Andamos con las guerras colgadas del hombro, como si no pudiéramos vivir sin ellas. Las guerras se han convertido en el relato. Las que ya fueron, las que son y las que vendrán. La cuestión es vivir pendiente del que tiene el botón para encender las sirenas que anuncian las alarmas. Siempre hemos vivido así. En la esquina de mi casa había una tienda de comestibles. Yo era un niño y hace cerca de ochenta años. El tendero tenía una tertulia con las mujeres que iban a echar la mañana. Para los hombres ese menester se resolvía en una taberna frente a una copa de caña. Sacaba el grano de un gran saco y con una pala lo tiraba hacia la pesa. Viajaba milagrosamente por el aire, y ya lo hacía sin mirar. Se vendían postales para enviar a los novios que estaban haciendo la mili, y las chicas no sabían escribir y nosotros lo hacíamos por ellas, siguiendo un dictado lleno de tópicos. Si hacía calima decía que el tiempo estaba atómico y la gente se aterrorizaba recordando a Hiroshima.
Los niños de aquella época somos los viejos de ahora. No teníamos perro ni lo llevábamos en un cochecito para que le hicieran carantoñas y le regalaran chuches. He visto pasar tantas cosas por delante de mis ojos que ya nada me asusta. Lo que me aterra es comprobar cómo lo que estoy viviendo ya lo había vivido. Nos pasa a todos. En aquellos años había un albañil que venía a casa a arreglar los desconchados y no dejaba de repetir; “Franco cae” mientras asentaba una baldosa. Ya hace 50 años que se murió y seguimos diciendo lo mismo.
