tribuna

Castillo

Leire dice que va a escribir un libro. Todos escriben un libro. Los exgordos para enseñarnos a adelgazar, los exansiosos para guiarnos en la depresión, los tontos para aparentar ser inteligentes, y hasta los listillos para decirnos lo que hay que hacer para ganar dinero. No hay nada mejor que montar un escándalo y luego publicar un libro para contarlo. Así se llenan de bodrios las mesas de los centros comerciales, los negros de la escritura consiguen trabajo y las editoriales venden ejemplares y acercan a los golfos al mundo de las firmas en la feria del libro. Luego estamos los currantes, que enviamos el folio cada mañana al periódico y no nos pagan. Estas cosas acaban por contaminar el ambiente y el mundo de la comunicación se llena de oportunistas que no saben escribir, y las televisiones de cantamañanas que pretenden ocupar la plataforma que les brindan para lanzar sus lecciones magistrales preñadas de tópicos. Leyendo a Kafka he venido a descubrir qué es lo que realmente se esconde dentro del Castillo: nada. Vulgaridad, mentira, falsedades, igual que en el reino de Oz, donde no se consiguen las cosas que se prometen. Es en el exterior sufriente donde está la verdad. Dentro no hay más que pasadizos que no conducen a ninguna parte, cloacas y alcantarillas para evacuar las miserias acumuladas entre los muros cerrados de las fortalezas. De vez en cuando alguien se olvida de levantar el puente levadizo y nos permite ver, como en un ramalazo, lo que sucede en el interior. No me escandaliza. Lo que sí lo hace es que una editorial haga su agosto publicando un libro para contármelo, o las cadenas de televisión hagan caja aumentando sus audiencias. Al final, todo quedará a expensas de los engranajes de la publicidad. En este escenario absurdo me desenvuelvo, admitiendo que es mejor quedarse por fuera, como el agrimensor K, de Kafka, al que nunca le van a permitir hacer su trabajo de mediciones para el que supuestamente fue contratado. Seguiré con mis lecturas seleccionadas, huyendo de que algún día me llamen para firmar un manifiesto. Mi hijo estuvo este fin de semana en Blanes y me envió una foto que se hizo delante del estudio de Roberto Bolaño. Dice que el pueblo está lleno de alusiones al escritor chileno. Me parece bien. En el fondo, después de muertos nos convertiremos en una atracción turística y acabaremos entrando en el Castillo, aunque sea de forma involuntaria. Le haremos compañía a Leire en ese espacio misterioso de la fama. O no, que es lo más probable.

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