Antonio Muñoz Molina dice que releer el Quijote ha sido para él un ejercicio de supervivencia. Yo llevo años haciéndolo y he llegado a la conclusión de que a Cervantes no le habrían dado ningún premio se fuera de esta época. Ni siquiera el del Ateneo de su pueblo. Cervantes no habla de la guerra, a pesar de haber salido dañado en Lepanto. Cervantes no reivindica la última opresión ni precisa orientarse a la moda para escribir su novela. Cervantes es un genio porque logra zafarse de la estupidez para retratarla con la única mirada posible, la del humor, que solo algunos consiguen entender. Cervantes cuenta la historia de un loco que recupera el juicio antes de morir. Esto no es habitual, pero al escritor le sirve para demostrar que la normalidad se comporta a veces con mayor crueldad que lo que no está sujeto al orden racional establecido. En el Quijote hay dos cosas en las que creer: en la Santa Hermandad y en la vida disparatada del Caballero de la Triste Figura. Aquí no se trata de ir a buscar las fuente de la verdad contra la mentira. Sobre todo en un tiempo en que ambas cosas litigan por imponerse con las mismas mañas. Aquí se deconstruye al mundo para obtener la sublimación de una idea no contaminada. Muñoz Molina confiesa que lee a Cervantes cada día. Yo también lo hago. Los dos tenemos la enorme fortuna de no necesitar a un traductor que nos ayude a descifrarlo. Cervantes es un escritor claro como el agua y todos los que se acerquen a explicarlo -son demasiados los que lo han hecho- no ayudan, sino que entorpecen su comprensión. Cervantes es un escritor del que no hay que abandonar su compañía. Abre la puerta para aprender a descubrir a otros genios porque en él se encuentran todos los recursos de la Literatura, sin necesidad de hacer una exposición académica. Hay demasiadas exposiciones académicas y a muchas se las debía llevar detenidas la Santa Hermandad. Siempre que leo el Quijote me siento más español y me convenzo de que el paso por un juego de tahúres tiene que ser transitorio. No se puede estar todo el tiempo jugando a desfacer entuertos. Al final todos tenemos a una Aldonza disfrazada de Dulcinea. Esa es la hermosura común y vulgar de la vida a la que otros llaman locura. Los presos se fugan, los frailes huyen y hasta los vizcaínos fracasan ante la lanza cimbreante de un desvariado que lleva un bacín por cimera. Es una forma de poner a la gloria por los suelos, de demoler a la situación para sacar algún provecho del derrumbe. El Quijote es la posibilidad del desorden dentro del orden, la esperanza de que no todo está perdido.
