tribuna

Vamos al cine

El cine de los 50 era el cine de las 4. Íbamos a patear la llegada del Séptimo de Caballería, cuando la corneta tocaba el tarararí tarí tarí tarí. En las puertas de las iglesias se exponía la clasificación moral de espectáculos. Mi abuela fue a ver “El milagro de Fátima”, en 1952, y Rosarito Tabares, que era hermana de mi tío Pepe y más que una tía para mí, no sé perdió “El último cuplé”, en 1957. Yo creo que este fue el único cine que vieron. Vivíamos en una España talar, oliendo a sotana y a lámpara de iglesia, entre lo rural y lo urbano, con la psicología ejerciendo su monopolio en los confesionarios. Yo logré salir indemne de aquel laberinto y en el 59 leía a Pavese, a Miller, a Camus y a los autores beat norteamericanos. Comprábamos los libros, que venían de Méjico y de Argentina, de editorial Losada, en una librería clandestina que tenía Armado Sigut en La Laguna. Ya entonces montamos, con Cervino y José Luis un “Esperando a Godot”, de Bequet o “Las sillas”, de Ionesco”, o “El amor de los 4 coroneles”, o “Escuadra hacia la muerte”, de Alfonso Sastre.. No estábamos tan alienados como se dice, aunque ahora haya progres que no lo entiendan. Esa generación surgió por encima de las dificultades de una represión latente. Ahora los de mi edad son borrados del mapa por aquellos que pasaron toda su vida en la situación mollar y cómoda de una transición en la que no intervinieron. A veces tengo que sufrir la incomprensión de quienes ostentan la exclusividad de una verdad recién adquirida. Los 50 me quedan muy lejos, cuando nos enamorábamos de Kim Novak balanceándose en el columpio de “Picnic”. Eran otros años. Estudiábamos las Matemáticas de toda la vida, y la Filosofía, y leíamos los libros prohibidos que había que leer. Mi generación, la misma de Felipe González, fue la que trajo la Constitución. Por eso me siento cercano a toda esa gente. Algunos nos llaman fachas, pero es desde la ignorancia de aquellos a los que les han fabricado la memoria de un tiempo que no vivieron y ni siquiera supieron cómo fue. Íbamos al cine y veíamos de todo y soñábamos con un mundo a fuerza de no tenerlo. Hoy estoy mayor, pero intento adaptarme a lo nuevo y me convierto en un asiduo de las redes y escribo para encontrarme conmigo mismo, y si alguien me comprende mejor que mejor. Algunas noches me bajo una película de filmin y retrocedo cerca de 70 años atrás, y compruebo el tiempo que ha pasado y no pierdo la esperanza. Lo fácil sería admitir que ya no hay futuro para mí y esperar el fin haciendo crucigramas y sudokus.

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