tribuna

Desde mi ventana

desde mi ventana, en una isla del Atlántico, intento ver el mundo. Alguien dice que el distanciamiento amplia el campo de observación mientras otros afirman que para entender mejor el problema hay que estar lo más cerca posible. A veces acercarse a la boca del volcán es arriesgado y los humos y los gases te impiden ver lo que sucede en el interior del cráter. Vivo en un mundo interconectado donde no tengo que acudir a las puertas de los acontecimientos para saber lo que allí acaece. Para eso están los paparazzi entrevistando a todos los que pasan a su lado, tengan o no tengan que ver con lo que se quiere contar. Dispongo de internet, de prensa digital y de las redes contaminadas por los partidarios de todas las opciones, y tengo que hacer un esfuerzo para extraer un resumen que se aproxime a la realidad. Esto me ocurriría igual desde mi ventana como apostado en las inmediaciones del Tribunal Supremo, de Ferraz, de Génova, de la Moncloa, de la Generalitat o de Waterloo. Tampoco me ayudaría nada estar rodeado de personas seleccionadas como inteligentes, de analistas y de gurús que pontifican desde las plataformas cercanas al poder y que presumen de estar bien informadas. Leo La Vanguardia y observo que para la política catalana solo existe Madrid, el resto de España no importa, como si hubiera sido borrado del mapa. Ojeo la prensa madrileña y tengo la misma sensación. Así que me voy a lo que publican otros medios europeos: ingleses, franceses, italianos. Así me hago una idea de cómo va el mundo, huyendo de la propaganda que intenta captarme para una causa o para la otra. Una opinión no puede ser construida a partir de la inmediatez de los hechos. Los hechos son sustituidos a una velocidad vertiginosa, mientras que los sedimentos de nuestras convicciones lo hacen de forma lenta y pausada, de la misma manera que lo hace la evolución, sin prisas ni urgencias. Es recomendable tener una visión histórica, conocer el mundo en que vivimos leyendo las experiencias de los que nos precedieron. Lo demás es vivir al día, ser carne de cañón, expuestos a ser devorados por la última moda impuesta por los que se aprovechan de nuestra ingenuidad. Ahora me pregunto por esa tendencia a la depresión colectiva que sufre la sociedad española. No sale de una decepción para meterse en otra. Goya pintaba la debacle de nuestro pesimismo, Picasso, en el Guernica, oscurece el drama alrededor de un toro negro arremetiendo contra personajes que levantan los brazos, como en el 2 de mayo. La generación del 98 enfermó de desencanto al ver el ridículo del fracaso de Santiago de Cuba, y la España del pensamiento democrático sufrió las consecuencias de una dictadura que surgió de unos despropósitos que aún cuesta reconocer. El desencanto es una posición desequilibrante en nuestro calendario de la tragedia. Desde mi ventana veo también al mundo, a sus desmanes y a la división entre partidarios del crimen pacífico y de la guerra criminal. Para esto no me hace falta estar cerca de la frontera, dispuesto a dar el salto para conocer en primera persona lo que ocurre. Vivo en una isla, pero cada vez esto es más una situación de privilegio. Hay satélites que me acercan la noticia y me alejan del ruido de la calle, ese que en ocasiones no nos deja oír con claridad que es lo que reclaman. Desde aquí lo veo mejor. Al menos no estoy en la posición relativa en que las cosas son o blancas o negras, o rojas o azules.