Hace unos años, me encontré en Madrid con el escritor y periodista ya fallecido Fernando G. Delgado, Premio Planeta 1995 con la novela La mirada del otro. El inesperado encuentro se produjo en la calle Bravo Murillo, muy cerca de la glorieta de Quevedo. Fernando me dijo que ya nadie lo llamaba, que había caído en el olvido. Yo, en esos momentos, también estaba olvidado. Sin embargo, ese olvido nunca lo interpreté como una venganza del destino, una condena deseada por los enemigos; no he visto en el olvido nada malo, ni siquiera una mano negra y putrefacta operante desde las sombras de un despacho, sino una oportunidad de seguir viviendo en silencio. Uno es responsable de sus propios olvidos, sean olvidos que limpian nuestra memoria, o sean los olvidos que vienen de seres sintientes que creíamos cercanos.
Porque entiendo que el olvido de los demás actúa como un filtro perfecto, es un tamiz de urdimbre fina que deja atrás amistades que no lo eran, parientes a los que les importas un bledo, compañeros de trabajo que no tocan tu nombre en la agenda del teléfono, por si los impregnas con tu aire de poeta maldito. El ego, que lo tengo bien domado, puede entristecerse si no es capaz de ver que el olvido es una bendición. Lo sabemos solo con el paso del tiempo, donde se ve claro que un exceso de pasado sepultaría el presente, como diría Nietzsche. El olvido nos hace olvidar lo que no necesitamos, nos limpia de impurezas y de antiguas heridas.
Pienso ahora si debería escribir también un halago a la soledad, como en su momento hablé del placer del anonimato. ¿Para qué? Ya lo hizo Sören Kierkegaard cuando afirmó en su Diario íntimo que el humorista antisistémico, como la fiera, siempre está solo. ¡Ay, de aquél que no tenga ausencias y olvidos!, dice la voz popular. Sin embargo, en mi caso, y lo digo de remplón, se da una paradoja que puede ver toda Canarias en horarios estupendos, porque sin estar en activo ni en nómina en televisión, parece que lo estoy. Tu imagen sigue viva en el presente y en HD, aunque lo que vemos ya lo he vivido y también lo he olvidado.
