tribuna

Equipazo

Para saltar a la soga hace falta, al menos, tres personas. Es verdad que se puede saltar sola, pero, entonces, no es lo mismo. La gracia está en quedar con las amigas y discutir a ver a quién le toca primero, y mejor que empiece yo, que tú siempre te enredas en la cuerda y pierdes el turno y, mira qué bien que así enseguida me toca de nuevo. Ahí está la gracia. O estaba. Porque seguramente a los jóvenes de hoy esto les sonará a prehistoria. Cuando digo esto, me refiero a jugar en equipo, a mirar al otro para inventar las normas, a pasar el tiempo en la calle y sudar de calor o de risa jugando al churro va, al brilé, o incluso, a los cromos, que este lo tengo repetido y te lo cambio, a ver si tengo suerte y me sale el que yo quiero.

Jugar con el otro era disfrutar del tiempo, construir historias, discutir y enfadarse y discutir hasta encontrar soluciones. A veces, no resultaba fácil y el enfado duraba toda la tarde, pero, en algún momento, se abría un camino, porque siempre era mejor jugar juntos, pensar juntos, compartir decisiones, deseos y todas las posibilidades. Y es que hay mucha sabiduría en estos juegos infantiles en los que, además de jugar, podías reconocer al otro porque, según las exigencias del juego, cada componente asumía un rol específico que respondía a sus cualidades, a lo que cada uno sabía hacer mejor. Y ser consciente de esto era y es todo un desafío.

Jugar en equipo era construir un puzle increíble en el que cada pieza brillaba por sí misma, no solo por el resultado, sino por el camino andado hasta lograr la meta final. Y es que hay tanta sabiduría en estos juegos… Sin embargo, parece que hoy en día hemos olvidado su importancia y la hemos susituido por otros pasatiempos en los que las normas las pongo yo y yo juego y dirijo y ordeno y respondo a todas las preguntas. Y yo me mí conmigo y al otro que le den, porque el juego es mío y yo quiero ganar y ser el primero aunque no sepa ni con qué o con quién estoy jugando.

Es una pena. Es una lástima esta sociedad del yo, en la que lo que importa es la silla que ocupa cada uno y no la mesa que comparte, por eso, cuando la realidad es otra y es en equipo, la alegría es inmensa, porque ya casi parece una excepción. No hay sino que mirar alrededor y ver lo que ocurre en las casas, en el trabajo, en las relaciones pequeñas y en las grandes, en esas que están llenas de poder y de ignorancia al mismo tiempo.

Jugar en equipo es aprender estrategias, mejorarnos, salir del yo porque necesitas del otro, mirar a los ojos y levantar la mano para decir vamos en primera persona del plural, vamos porque es ahora, ya, pásame la pelota, venga, cuenta conmigo, que estoy aquí, al lado de la portería, debajo de la canasta, aquí, cerca de la red. Ahora es el momento, ahora es todo el tiempo gastado, las discusiones, los debates, las risas, los entrenos, los enfados, los desvelos. Ahora nos toca meter gol, encestar, poner la pelota en la línea o, tal vez no, da igual, porque lo importante es el camino, mirar lo andado y confiar en la sabiduría del equipo, en el que para jugar, mejor juntos, que para eso hemos venido, a saltar a la soga, chicas, vamos, que el tiempo fue y también será para nosotras, que todo eso nos llevamos, aunque el juego se acabe porque saltar, a veces, agota, así que cada una pa su casa, que ya es tarde, niñas, amigas, equipo, equipazo.

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