Pepe Dámaso dice que es vanguardista desde que sus padres echaron un polvo en Agaete (sic). Ha añadido algo interesante, que la moda de los móviles y de las redes sociales pasará. Coincido en eso. Aquello lo que se pasa acabará pasando, y no es un juego de palabras. Es una forma de interpretar la paradoja de Poincaré. El problema es que todo acabará regresando y seguiremos esclavos de los ciclos que no nos llevan a ninguna parte, sólo a repetirnos cansinamente en un ejercicio de rotación que a veces nos escandaliza y otras no tanto. Sucede como en el sueño de las vacas gordas y las flacas del faraón. No olvidemos que Freud confesaba que una de sus fuentes era José. No creo demasiado en el vanguardismo de Pepe. En ocasiones, me parece una cuestión de atrezo, pero he de reconocer que con el número y la provocación se consigue movilizar a una corriente, aunque sólo consista en aprovechar la moda para ponerla de moda. No es complicado concluir que la vanguardia es otra cosa, pero, en fin, a la gente le gusta y hay gente para todo. En el fondo, siempre hay un poso, un residuo que nos lleva a los avances y al progreso, a pesar de los progresistas. Por ejemplo, Gabriel Rufián. Me parece un parlamentario singular e inteligente. Coincido con muchas de las cosas que dice. Sobre todo cuando se refiere a los periodistas paniaguados. Imagino que serán tanto de izquierdas como de derechas. Esta costumbre tendrá que desaparecer algún día, igual que dice Pepe Dámaso que dejaremos de tomarnos en serio las patrañas que se transmiten a través de las redes sociales. Pepe Dámaso habla de la radio desde un sillón con una camisa de colores. Ha logrado convertirse en un símbolo, casi un mito, y esto es muy difícil de conseguir. Ya tiene 91 años, en diciembre cumple los 92 y está estupendo. La radio es un medio fantástico, es nuestra esperanza para quitarnos de encima tanta tontería. No imagino de qué medios puede valerse la inteligencia artificial para manipularla. La radio es libre. Yo intervenía en Radio Nacional antes de morir Franco y decía todo lo que me parecía. En la radio no se suele usar lo panfletario, al menos sin que se note mucho, porque si no perdería frescura y dejaría de ser creíble. Con la palabra en directo te la juegas y no hay necesidad de satisfacer a una parroquia. Entiendes que toda aquella gente anónima que no te ve, que sólo te escucha, puede aceptarte o rechazarte en función de lo que digas. No estoy seguro de que hoy sea así, pero pienso que hay más oportunidades de defenderte con libertad que en las redes sociales, apoyadas en imágenes falsas y mal intencionadas las más de las veces. Rufián habla de comunicación y Pepe, a su manera, también. Los dos evidencian la mediatización y la falta de independencia, y, sobre todo, los intentos del poder de servirse de ella para controlar a la opinión. Hasta que no logremos volver a la normalidad democrática, no saldremos de esta desgracia que estamos sufriendo. Pepe lo intuye y Rufián lo denuncia.
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