Recuerdo (marca de la casa) cuando Mariano Rajoy caminaba, paso ligero, a primera hora de la mañana para mantenerse en forma. Recuerdo aquel día de Rambla abajo y giro hacia la Avenida de Anaga hasta el Auditorio de Calatrava y Adán Martín. Y vuelta. A su lado, a falta de cabra legionaria, solía acompañarle el escolta de turno y algún baifo oportunista pegado a la teta. Colocarse en la foto a la izquierda del padre popular bien merecía el bizarro andar.
Otra estampa en el álbum reciente de nuestra política rojigualda la protagoniza la Banda del Peugeot: Pedro Sánchez, José Luis Ábalos, Santos Cerdán y Koldo García. Los cuatro camaradas, al volante de un 407, recorrieron la Península antes de las primarias del PSOE de junio de 2017. Fue un ejercicio de supervivencia que fulminó a Susana Díaz y dio paso al Sanchismo. Hoy, en el ocaso de los dioses, aquellas rosas gripan en las miserias de la corrupción.
En Canarias, el Reloj de Flores del Parque García Sanabria de la Capital tinerfeña inmortalizó en 2019 a Casimiro Curbelo, Román Rodríguez, Noemí Santana, Ángel Víctor Torres y a un abejorro de culo blanco que pasaba por ahí. El insecto, peludo y endémico, les echó mal de ojos y las primaveras siguientes marchitaron con pandemia y volcán. La décima legislatura archipielágica, nacida de un pacto florido, hermoso y progresista, salió rana, asustada, presa de energías negativas. En la actualidad, solo el presidente del Cabildo de La Gomera fuma en pipa y guataquea, que dicen en la Isla Colombina. La Torre del Conde es plaza fuerte inexpugnable. Lo fue para Beatriz de Bobadilla tras el infructuoso asedio de Hautacuperche en 1488. Y lo sigue siendo ahora.
Mundo impúdico de seres humanos ilusos, expuestos, salidos de una fábrica de personajes públicos y ficticios. Vanagloria disfrazada de servicio al prójimo por un plato de devoción. Sistema imperfecto hecho a medida y semejanza de la gravidez perversa retratada por los medios de comunicación, también en el ajo. Esto no hay quien lo arregle. La captura del momento, presa de la maldita hemeroteca, no tiene red. ¡Qué pereza la mentirocracia!
En el libro El beso de Judas. Fotografía y verdad, Joan Fontcuberta aborda en ocho ensayos las mentiras y medias verdades implícitas en la información visual. Afirma que “la imagen miente siempre, miente por instinto, miente porque su naturaleza no le permite hacer otra cosa”. Y no es contradictorio. El instante transmite conveniencias, veladas o no. Vende una representación sin esencia impregnada de dudas. El retrato no pincha en hueso porque no es real. Luego, con la cultura, la memoria y el tuétano del alma, vestiremos la desnudez, al igual que el tomate, el pepino fresco, la cebolla y el pan crujiente ilusionan al gazpacho.
¡Ay!, juventud que entra al trapo. Pichonas y pichones que se apuntan al juego de la guerra. Eficaz maquinaria engrasada mantenedora de la democracia despótica. La foto de Núñez Feijóo, junto a jóvenes militantes de su partido, en la clausura del veintiún Congreso Nacional del PP en Madrid, muestra el hervor de lo que viene. Y ningún partido se escapa. En este caso, las niñas y los niños con vello púbico y gaviota en el lozano pecho, sueñan con el poder. Nadie como yo. El gallego envalentonado es el modelo. Gestos creyentes, camisetas azules apretujadas hacia el mismo horizonte de grandeza. Y de nuevo, a la izquierda del líder (la historia se repite), un presunto delfín con mirada penetrante y barba recortada desafía al objetivo de la cámara. Pobre tonto en la rueda del hámster ajeno a las vueltas de la vida.


