Multitudinario, emocionante y limpio sexto encierro de los toros de Escolar. Se acerca el final y todos cantarán el pobre de mí. Leo a Antonio Muñoz Molina que pasa calor en una costa que no quiere decir, como Cervantes. Ve el cielo blanco y el agua del mar está tan caliente como el aire, pero no tanto como la arena que quema los pies. Es una visión tan apocalíptica que, si no fuera por ese recuerdo castellano manchego, o quizá levantino a lo Gabriel Miró, parecería de Cormac MacCarthy.
Es desesperante esta asfixia de tumbona y yo pienso en las vacaciones amenazadas por una epidemia, como las de La muerte en Venecia, donde la desgracia se anuncia desde una góndola atravesando los canales, en un ambiente mortecino, guiada por un personaje negro como el remero de la barca de Caronte. Al final recomienda no votar a los negacionistas que ven con buenos ojos que el mundo se destruya y colaboran para ello.
No sé por qué emparento esto con el final de los sanfermines. Quizá porque la imagen de los toros de Escolar haciendo una carrera limpia y emocionante es más esperanzadora y anuncia que regresaremos a la normalidad a la espera de volver a la calle de la Estafeta dentro de un año. Yo sigo sin moverme de mi ventana escuchando al alisio haciendo música en los cristales. Es un silbido suave que me acompañará la mayor parte del verano. El domingo hubo romería y los gañanes sacaron a las vacas para que inundaran de bostas las calles. También tienen derecho a hacerlo, en compensación a que sus maridos, los toros, mueren en la plaza de Pamplona. ¡Qué lejos me queda todo esto!
He hablado con mi hijo, con quién lo voy a hacer si no, y me ha dicho que está traduciendo el último libro de Harari, que es una de las cosas que le dan de comer a la editorial. Dice que nos preocupamos demasiado por la inmigración sin darnos cuenta de que la gran amenaza para colonizarnos es la Inteligencia Artificial. Esa es la que nos desplazará de nuestras monotonías cotidianas con las que hemos aprendido a ganarnos la vida.
Yo creo que no estamos preparados para administrar el tiempo libre que nos quiere regalar Yolanda. La verdad es que no sabríamos qué hacer. Encima, cuando logramos conquistar el bienestar para ir a la playa, la encontraremos blanca, caliente e inhóspita, invadida por un cambio climático que provoca nuestra repulsa y nuestra indignación. Entonces pienso en la suerte que tengo de estar aquí, escuchando al alisio silbando en los cristales de mi ventana. Alguien me dice que es egoísta pensar que “esto no va conmigo”. Pero yo soy y yo y mis circunstancias, como decía Ortega.
Antonio Muñoz Molina está en un hotel de los años 20, rodeado de villas que un concejal heroico logró salvar de la quema, pero esto no es suficiente. Hay una inquietud exterior que lo hace temblar, y no está seguro de que lo que le cuentan sea la verdad. Hace tiempo que yo abandoné esa duda y ahora no me fío ni de mi sombra, así que dejaré de escribir, abriré mi Kindle y continuaré leyéndolo en ese verano más suave que describió en compañía de don Quijote. Siempre habrá un porrón del que bebe Sancho Panza.
