por qué no me callo

Tippi Hedren se acostó con un león, pero no con Hitchcock

El tiempo pasa volando, más deprisa que nunca, según la percepción general, pero la ciencia dice que es cosa de la edad. Ahora hay una avalancha de muertes renombradas, una ola de cadáveres exquisitos, como dirían los legendarios surrealistas.


En España, la fiebre de rostros conocidos que fallecen se cierra, de momento, con Josele (81 años), el cómico y cantante de María Isabel, la primera canción del verano. Hay jóvenes influencers que se prodigan en esta racha luctuosa. Y vidas longevas que se despiden.


Los difuntos consagrados nos agitan la memoria, con esa pregunta coloquial: ¿qué habrá sido de fulanito o fulanita? Todos hemos conocido a celebrities que nunca olvidamos. Es una buena costumbre preocuparse por saber cómo andan.


Una regla de oro en periodismo es no matar a un muerto vivo. Los bulos me jugaron una mala pasada: “Muere Tippi Hedren a los 95 años”, circuló por Internet. Falso de toda falsedad. Está viva y con demencia desde el año pasado.


Una mujer amable y cariñosa, un bellezón de Hollywood, la rubia de ojos azules que descubrió Hitchcock, y que nos concedió una entrevista a mi hermano Martín y a mí en el 82. Aquel año, la atracción del Festival de Cine Ecológico y de la Naturaleza del Puerto de la Cruz fue la mítica protagonista de Los pájaros, de Alfred Hitchcock, una película de culto.


Cuando nos atendió, hacía 20 años del estreno del suspense de los cuervos enloquecidos que atacaban a la gente en el pequeño pueblo costero de Bodega Bay (California) y que tanto atormentó a la modelo que debutaba de actriz en un papel definitivo. Todos teníamos grabada la escena de Hedren sorteando los picotazos en una cabina telefónica.


Llegado el momento, nos propuso hacer la entrevista sentados en una escalera. Era como una niña simpática que te hablaba casi al oído. Con cincuenta y pocos años conservaba todo el esplendor de su belleza, que la enfrentó a la tiranía del maestro del thriller psicológico. Tippi se reservaba una historia secreta.


Había traído al festival portuense El gran rugido, dirigida por Noel Marshall, uno de sus cuatro esposos: la historia de una mujer sofisticada que experimenta la vida salvaje. Nos dio detalles del filme y de su apego a los grandes felinos, como Jane Goodall a los chimpancés. Rodó durante años con 150 animales no domesticados, nos dijo, y elogió la banda sonora con la National Philarmonic, la misma orquesta de Tiburón, La guerra de las galaxias o Superman.


Ya entonces era una activista de los derechos de los animales, había creado una reserva para proteger a leones y tigres. Tenía un león de mascota, que solía dormir en la cama tanto con ella como con su hija Melanie Griffith, recién casada en la víspera de su viaje a Tenerife y que años después se uniría a Antonio Banderas.


¿Por qué Los pájaros le producían una nostalgia agridulce? Miraba a los ojos sonriendo. ¿Por qué tenía un aire triste? Nos conocimos gracias a un buen amigo, Alfonso Eduardo, el director del recordado festival.


La chica del papel icónico de aquella joya del cine le debía al genial director británico todo lo que sabía como actriz, pero lo odiaba. Y treinta años después, en sus memorias, ya octogenaria, expulsó del altar de Los Ángeles al idolatrado Hitchcock y lo acusó de abusos durante los meses del rodaje, de someterla a crueles secuencias con los cuervos, gaviotas y grajos en una habitación cerrada, sufriendo sus graznidos y acometidas hasta acabar con los nervios destrozados, a punto de perder un ojo.


Hitchcock no buscaba solo el verismo de una escena, sino, de paso, vengarse de la actriz que intentó besar en su limusina y con la que forcejeó en otra ocasión. Hedren se negó a acostarse con él, que se creía dueño de su escultura, como Pigmalión. Pese a todo, guardaba afecto a un cuervo manso que no se separaba de ella, se fotografiaba en su brazo y paseaban juntos por el set. El cuervo, el león y el cineasta… Y ella, en medio de la selva.
Hedren en el Hollywood de Hitchcock (una triple H tan genial como fatídica) dejó huella en la historia del cine. Me alegro mucho de que siga entre nosotros con 95 años, tan inmortal como Clint Eastwood o Woody Allen, que frisa los 90 y ha escrito una novela. Eternos ancianos venerables.


Tippi Hedren nunca envejecerá en lo que tanto temía perder en aquella película: en la retina de los ojos de quienes la conocimos.

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