tribuna

Torre Pacheco

Torre Pacheco y la financiación singular cambian el relato por unos días. Agosto aún no ha llegado y todavía tendremos tiempo de ver otros acontecimientos. Después vendrá el monstruo del lago Ness, como todos los años, con los meritorios al frente de la información. Lo de Torre Pacheco me parece lamentable. No es un movimiento contra la inmigración, sino una manifestación xenófoba que está instalada en España desde muy antiguo. Un antepasado mío, Alonso Fajardo el Bravo, según contaba Lope de Vega, se jugó Lorca al ajedrez con el rey de Granada. Después de perder la partida le dijo que tenía buenos caballeros para defenderla. Antes había un sentido religioso para la lucha, una rebeldía cristiana encabezada por san Eulogio, obispo de Toledo, enfrentado al califa de Córdoba, según cuenta su biógrafo Álvaro Paulo. Esto venía en paralelo al refinamiento exportado desde Bagdad, cuando Abderramán hizo traer al músico y poeta Ziryab que nos enseñó a tocar el laúd, a lavarnos, a afeitarnos y a cortarnos el pelo, a perfumarnos y a vestir distintas ropas en invierno y en verano. Eso queda atrás, pero ahí está la Alhambra para demostrar que en Granada corría el agua de las piscinas, como en Medina Azahara lo hacía el mercurio. De nada sirve este pasado si no logramos extirpar el odio y el desprecio por los moros que dura hasta nuestros días. Hay una cultura desarrollada en torno a esto que va más allá que la guerra de las Alpujarras. Cervantes, en su Retablo de las Maravillas escribe que no las verá aquel que tenga su sangre de hebrea o mora manchada y todos se aprestan a confirmar que vieron el prodigio como en el rey desnudo. Torre Pacheco es la prueba de que un ancestro sigue latente en las minorías recalcitrantes de la España negra. Pero España no es así mayoritariamente, aunque a algunos les convenga presentar esa imagen. Torre Pacheco es el símbolo de la violencia que no se puede esconder, esa crudeza con que se muestra lo patrio con el deseo caduco de sacar a relucir las barbas de los reyes godos. España fue muchas cosas antes que eso. Fue romana y algunos emperadores nacieron aquí. También estuvieron griegos, fenicios y cartagineses. Podemos decir que pertenecemos a ese Occidente formado por el tridente Roma, Atenas y Jerusalén, aunque no sé si decir esto es muy progresista porque también lo proclama Giorgia Meloni Heredamos una cultura de aquella gente que sustituyó a la dama de Elche, pero una interpretación nacionalista nos lo hace ver como una invasión, de la misma forma que no sabemos descubrir los supuestos beneficios culturales de ocho siglos de ocupación árabe. Ahora tenemos de nuevo a un émulo de don Pelayo bajando a caballo de las montañas de Asturias para plantear las reivindicaciones de toda la vida. Esto está emparentado con otras corrientes europeas que hacen renacer el espíritu de la raza, como ocurre con cualquier nacionalismo, en ocasiones lingüístico y en otras deportivo o económico. Este baldón no nos lo vamos a quitar de encima por mucha democracia que tengamos. Torre Pacheco no es un caso aislado. Allí donde se rasque aparecerá un vestigio de nuestro peor carácter. El peligro consiste en que exista una opción política que lo abandere, que sea capaz de soplar los rescoldos para encender una llama que la mayoría de la sociedad desea ver apagada definitivamente.