Juana Rivas fue condenada a cinco años de prisión, en 2021, por secuestrar a su hijo. Desde el primer momento estuvo muy mal asesorada por personas de los servicios de la Junta de Andalucía. No obstante, fue indultada y en el indulto se incluía la obligación de no volver a cometer delitos en el plazo mínimo de cuatro años, que aún está en vigor. A pesar de ello ha vuelto a incurrir en su intento de no cumplir con lo que estipula la sentencia que le obliga a devolver a su hijo a quien ostenta la custodia legal. Este culebrón podría haberse resuelto dentro de las interpretaciones jurídicas sin recurrir a la estrategia del esperpento, convirtiendo el asunto en un espectáculo lacrimógeno, donde se ha llegado a comprometer a instancias políticas que tienen como principal misión la observancia de la ley. El caso de Juana Rivas aprovecha para acrecentar el debate sobre modelos de sociedad y de actuaciones que intentan explicarse más con la exposición de motivos que con la aplicación de los códigos. Es tanta la bulla que se ha organizado que no me atrevo a justificar esto que estoy escribiendo. Juana Rivas y sus asesores pretenden convertir las resoluciones de los tribunales en casos de lawfaire, dentro de un estilo que se encuentra muy en boga, acusando de acoso y conspiración a todo aquello que no concuerde con los intereses de parte. La consecuencia es que la Audiencia de Granada ha admitido a trámite una denuncia por secuestro, y esto implica la reincidencia de una persona condenada e indultada que quiere defender sus derechos usando el populismo y aprovechando los sentimientos sinceros de la gente. El caso de Juana Rivas sería aislado, dentro de los múltiples de violencia de género, si no se hubiera convertido en un ejemplo de cómo se utilizan las resoluciones judiciales en el ámbito político. Tratar de convertir en una heroína a quien precisa urgentemente de asistencia psicológica es el ejemplo palpable de que algo no funciona adecuadamente en nuestra sociedad. Las imágenes de la concentración de periodistas a las puertas del juzgado son lo suficientemente explícitas para indicar por donde iba la estrategia diseñada por los defensores de la supuesta víctima. Todo esto me parecería extraño si no lo hubiera visto ya.
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