Estoy leyendo que puede haber otra forma de irse de vacaciones, mudándose a la España vaciada, para descubrir los encantos del entorno rural. Cambiaremos el Verano Azul, de Nerja por la mochila de Labordeta. Había una mezcla de los dos mundos cuando los niños iban a cantar el No nos moverán al barco de Chanquete mientras los padres tomaban cañas en el chiringuito de la playa. Todo está inventado. Cuando era pequeño iba al Socorro con unos tíos y mi vida cambiaba al dejar las libretas del colegio para picar la comida de las vacas en la cuadra, o segar millo chorro, o subirme en la cuadriga de los trillos en la era. Mis abuelos paternos vivían en Madrid y se iban a Sigüenza, a la sombra del doncel y de Romanones. Mi padre, jovencito, escribía cuentos en un periódico local, y así pasaban el verano. Yo creo que por eso en casa estaban las obras de Gabriel Miró. Lo rústico tenía su punto borde y mi abuela contaba cómo el casero se metía las manos debajo de la faja y luego las agitaba para espantar las moscas. Recién casado, yo pasaba las vacaciones en casa de mis suegros, en Torremolinos, oyendo gritar a las chicharras en los pinos. Siempre me las imagino cuando escucho a María del Monte cantando agarrada a mi cintura. Las chicharras chillan porque no aguantan el calor, como la polilla de El silencio de los corderos, que arma un escándalo mientras se come la miel de los panales aturdiendo a las abejas con sus alaridos. Estar a la moda es siempre volver a lo de antes. Me pregunto por qué no nos fiamos de esa experiencia sempiterna. Muñoz Molina dice que se ha ido a un hotel de playa y no soporta la canícula, el cielo blanco, la evaporación y las amenazas del cambio climático. Sin embargo, en su libro El verano del Quijote habla de un jardín con árboles y un huerto lleno de verduras apetecibles y de flores aromáticas. Vivimos en ese contraste del veraneo rural y el consumismo que nos ofrece Trivago. Hay que ver la cara que se le queda al que está en la piscina cuando se entera que sus amigos pagaron un 40% menos. Estamos en verano y nos vamos de vacaciones. Yo no. Las empresas de seguridad venden alarmas a punta pala, y cerraduras y esas cosas para dejarnos tranquilos mientras nos dedicamos a gastar la paga extraordinaria, y algo más. También se van de vacaciones los políticos, y los jueces, y las cosas funcionan a medio gas y el paro baja porque alguien tendrá que hacerse cargo de las necesidades del ocio. España sigue siendo ese país adorable donde al calor se le combate con porrones. Una vez vino una comisión de Moscú a Sevilla para enterarse de nuestros secretos. También se queman los montes, y dicen los bomberos que es porque los ecologistas impiden aligerar la masa forestal, lo mismo que los barrancos que no se limpian para permitir que la madre naturaleza se manifieste a sus anchas, sin cortapisa alguna. En fin, son cosas del verano. El verano es el límite, por eso hoy dice la prensa que el Gobierno ha logrado superar esa frontera fatídica y al menos este agosto no caerá.
