tribuna

Asesinos

Netanyahu tiene buen aspecto. Sentado, no puede esconder la grasa abdominal ni la cara de glotón. Y se alimenta tres veces al día sin el menor remordimiento. En un refugio para desplazados de Gaza, este jueves, un niño palestino de nueve años partía el alma, acurrucado en el suelo con las piernas encogidas como dos fideos y las costillas marcadas en la espalda como un cadáver. Estaba vivo y, a la vez, muerto de hambre.

Josep Borrell habló el lunes en Tenerife de estos niños, “esqueletos vivientes”. En La Laguna, dijo que el de Netanyahu es un “gobierno criminal” que “mata de hambre a miles de personas”. Tras lo cual, se quedaba corto el jefe de la oposición, Feijóo, al decir que la situación “no es admisible”. Dos años después de acusar a Sánchez de “dividir a los españoles” al reconocer a Palestina, ha debido de costarle mucho hacer ese tibio comentario.

A estas alturas de la guerra (tras los atentados igualmente criminales de Hamás en octubre de 2023), más de 60.000 muertos interpelan a quienes “pueden hacer y no hacen”, parafraseando a Aznar, y acaban siendo “cómplices”, como dijo Borrell. Hemos llegado al final de las palabras, después de las condenas del Vaticano, de la ONU y de la Corte Penal Internacional. Ahora, Francia, Reino Unido, Canadá, Malta y Portugal se disponen a secundar a España, Irlanda y Noruega en el reconocimiento a Palestina, que empezó siendo un anatema en esta guerra. Ese paso dado por Sánchez en mayo de 2024 indignó a Feijóo y Abascal tanto como a Israel.

¿Qué es el hambre provocado por la fuerza? Un arma de guerra. Mañana podemos ser cualquiera de nosotros, si arde Europa. Hoy son los palestinos. Que todas las presiones internacionales no hayan detenido esta aniquilación humana habla a las claras de un ocaso. Las instituciones, incluso las más sagradas, han sido ineficaces. Israel era un dogma de fe. Hasta que Trump confesó que a Melania -su esposa- las imágenes le parecen “terribles”. Y, entonces, la derecha española, sintiéndose liberada, emitió ese juicio aséptico: “No es admisible”.

Un terremoto nos estremeció esta semana pensando en lo que pudo suceder; en Gaza, este otro terremoto, lo peor ya está sucediendo. La ayuda humanitaria es una farsa macabra. Israel y EE.UU. vetaron a la ONU y las ONG y crearon una fundación para repartir alimentos. En realidad, era una tapadera para repartir tiros a quemarropa en los puntos de suministro. Todos los días, los disparos reciben a los gazatíes que van a por comida y agua. España, junto a unos pocos países, lanzó el viernes toneladas de ayuda por aire.

En la confortable Europa hace tiempo que los hogares conviven a la hora del almuerzo con las imágenes en televisión que sobrecogieron a Melania Trump. “Los europeos hemos perdido el alma en Gaza”, se lamenta Borrell en Tenerife. Europa, incapaz de suspender el acuerdo de asociación con Israel, se muerde la lengua, con el canciller alemán Merz y su compatriota Von der Leyen coartados por el recuerdo del holocausto.

Hitler llevó a cabo una campaña de hambruna en el este de Europa, el Hungerplan, y un grupo de médicos del gueto de Varsovia documentó los efectos, como ha descrito en El País Martín Caparrós, que tenía un pariente entre los galenos. Todo empieza con la boca seca y las ganas de orinar. Lo que sigue es la pérdida de grasa y un deseo frenético de masticar hasta perder la sensación de hambre y acostarse doblados, con la espalda arqueada, en posición fetal, como el niño palestino que recibe la caricia de una mano de mujer.

Cuesta aceptar este auge de asesinos aduladores. Los sicofantes están crecidos. Vemos a Netanyahu proponiendo a Trump para el Nobel de la Paz, y el republicano haciendo méritos con una guerra comercial o desplegando submarinos nucleares contra Rusia.

Lula ha ganado una victoria histórica sacando a Brasil del mapa del hambre de la ONU. Pero el hambre ha vuelto a ser un arma de guerra, para acabar con el enemigo y sus descendientes. El exterminio, el racismo …, palabras que se convierten en munición. Siempre habrá quien sueñe con levantar Rivieras de Oriente sobre los escombros.

Cuando Borrell era el alto representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad se fajó con Putin, a riesgo de no tomar infusiones en los aeropuertos de por vida, y con Netanyahu, que montó la masacre con verdadero entusiasmo para no salir del Gobierno a patadas por corrupción.

Hace 35 años, siendo secretario de Estado de Hacienda, Felipe González le encargó pacificar la guerra del descreste de Olarte, y lo vi llegar a Los Rodeos. Ha llovido mucho desde entonces y este hombre ha sido capaz de hacer de sí mismo, políticamente, uno de los líderes de Europa más respetables.