He retomado la novela de Zhenyun Liu, “Yo no soy una mujerzuela”, tratando de entender al mundo chino a través de sus escritores. Me resulta tedioso encontrar la crítica al sistema, allí donde el sistema no lo permite, pero en cualquier parte del mundo tenemos la oportunidad de descubrir que los humanos somos prácticamente iguales en todo, o en casi todo. Mis noticias se limitaban a la relación con la dueña de un restaurante, que debe ser de Formosa, y a una vecina que tenemos en Los Cristianos, que dice que el marido le pega de vez en cuando, y que nos regala hierbas para hacer infusiones que planta en la terraza del apartamento. Es la imagen de la solidaridad asentada en principios básicos. Tiene algo de ceremoniosa, como todos los chinos, pero por lo demás es muy parecida a nosotros, con la salvedad de ese brillo en la piel que le da una tersura extraordinaria. No sé por qué, todas las chinas me parecen de porcelana. En la novela de Zhenyun Liu, la protagonista es una campesina molesta que está empeñada en que le anulen su divorcio para volverse a divorciar por razones más serias de las que le llevaron a tomar su primera decisión. Unas autoridades locales discuten en un coche sobre qué hacer con ella y el conductor propone bloquearla. Tienen miedo de detenerla porque puede crear algunos precedentes impopulares en la Revolución. Aunque parezca improbable, esto es así en la novela, que debe parecerse mucho a la realidad. Siempre me fio del contenido de las novelas, salvo de aquellas que traen escondida una consigna dogmática o una propaganda no confesada. Lo de bloquear me parece una solución intermedia, algo que no se debería considerar como demasiado irregular: una acción difícil de desentrañar pero que produce efectos parecidos a una anulación. Es lo que en nuestra forma de actuar más común se denomina cancelación. Aquí se bloquea y se cancela mucho, sin que nos demos cuenta, con una especie de técnica inocua, la misma que se emplea en China para quitarse de encima algo que molesta, pero que no llega a convertirse en un delito sino en una ligera discrepancia. Zhenyun Liu es escritor en un país donde es fácil que te bloqueen o te cancelen. Quizá es respetado porque demuestra hasta qué punto se puede ejercer la libertad con la literatura. Al menos puede escribir, con toda naturalidad, que el bloqueo puede ser algo de uso común, políticamente correcto. Solo se trata de una simple mujer que da la lata para que le tramiten un expediente un tanto absurdo. A buen seguro que si su crítica fuera contra principios más sólidos, no sería bloqueada sino encarcelada. El bloqueo es una técnica del baloncesto que consiste en anular la función de un defensor para que el atacante pueda entrar libre a canasta. Exactamente eso es el bloqueo. Impedir que alguien interrumpa el camino que te lleva a conseguir un objetivo. Dicen que la libertar consiste en que todos lo pueden hacer, pero hay un territorio donde la integridad y la dignidad impiden llevar a cabo estas estrategias. Un país abierto a la cultura no puede ejercer la cancelación y el bloqueo a aquello que no coincida con su forma de entender la vida, la estética, las relaciones personales, los temas de la escritura, la lengua o las costumbres culinarias. Don José María Balcells, que me enseñó lo poco que sé de arte, decía que había que evitar discusiones sobre estos asuntos. Quería decir que había que saltar por encima de los bloqueos y las cancelaciones.
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