Y no me refiero solo al pobre miserable que en la sierra de Gredos, en la provincia de Ávila, prendió fuego a un pinar para que le contrataran para sofocarlo. No lo hicieron el primer día, pero sí poco después para sustituir a un bombero rural, a un compañero suyo, que murió luchando contra el fuego que él había provocado.
Hay incendios que se producen en el campo que tienen detrás la mano del hombre, pero de ahí a decir, como ha hecho Núñez Feijóo, que el 80% de los incendios son intencionados, es dar un salto tan brusco como mutar de bombero a pirómano. Hay que suponer que al líder de la oposición no le anima otro interés que no sea ayudar a sofocar los incendios, pero con afirmaciones como esta solo contribuye a caldear el ambiente y crear alarma social.
Según las estadísticas, el porcentaje de incendios intencionados en España está entorno al 7,5%, y de ellos solo un porcentaje menor es obra de pirómanos, los demás fuegos intencionados tienen otras motivaciones, entre ellas, disputas vecinales, vandalismo, ahuyentar animales… La mano del hombre produce incendios también por negligencia, impericia y accidente, pero sin intención de causar daño. Da grima pensar que alguien pueda manipular estos datos para conectar con la aleluya antisistema de que “solo el pueblo salva al pueblo”, que pregona desde no sé qué milenio un visionario, merecedor de toda sospecha, que ya se hizo notar con ocasión de la dana en Valencia.
Los primeros años de Fraga Iribarne como presidente de la Xunta de Galicia coincidieron con veranos calientes en los que se produjeron muchos incendios. Preocupado por la situación, además de inventar la figura del terrorista forestal (lo ha utilizado ahora Feijóo) adoptó unas medidas que dificultaban la tarea a los pirómanos. Se sentía realmente orgulloso de su normativa, que pocos cuestionaban, hasta que un día en el Parlamento Gallego un diputado de la oposición descubrió con sorna el secreto del éxito. “El plan Fraga, señorías, funciona mejor cuando llueve”. Y, efectivamente, detalló la correlación existente entre los incendios y la lluvia. A más lluvia, menos incendios.
La escasez de precipitaciones en verano ha coincidido este año con un mes de agosto tórrido, con las temperaturas más altas desde que hay datos fiables, después de un invierno y una primavera muy lluviosos que hicieron crecer extraordinariamente la vegetación, que es luego combustible rápido cuando se seca y puede prender incluso por el efecto lupa de un simple cristal arrojado sobre la hojarasca. Ayudado todo ello por la falta de mantenimiento y limpieza del monte porque el medio rural está ampliamente despoblado y también porque muchos de los que quedan han cambiado la vieja ganadería extensiva por granjas intensivas mecanizadas en las que el coste/rendimiento es superior, y no suben al monte a por leña para calentarse porque ahora lo hacen con butano o gasóleo. A veces las cosas son así de sencillas. Esto es lo que ha ocurrido y ha dado lugar al enésimo capítulo de la bronca nacional dando pábulo a todo tipo de teorías conspirativas. Por supuesto, las administraciones tienen que suplir mucho de lo que ya no hacen los vecinos.
Por absurdo que le parezca a Ester Muñoz un gran pacto de Estado para reordenar cuanto guarda relación con los incendios y el cambio climático, es una de las cosas sensatas que ha dicho Pedro Sánchez en las últimas semanas. A la portavoz del PP en el Congreso parecen importarle un bledo los hechos y los datos y se limita a repetir las salmodias del prontuario creado para la ocasión, que el Gobierno les niega los medios a las comunidades autónomas del PP y que utiliza los incendios para crear confrontación social. ¡Toma ya! Una visión que se hermana con lo que dicen las gentes de a caballo, como se refería mi amigo Josemari Calleja a los de Vox, que han difundido a través de redes sociales versiones peregrinas que aseguran que (se supone que el Gobierno) ha vaciado las zonas rurales e impedido a los lugareños que limpien los bosques.
A falta de mejor herramienta, el más eficaz sistema antiincendios es la lluvia, pero ahora escasea. El pacto de todos por el clima es indispensable.
