Era un programa de debate político en televisión y yo asistía como contertulio. Estaban el entonces vicepresidente del Gobierno canario, Román Rodríguez, y una representación de distintos sectores empresariales de las islas. Uno de aquellos señores se quejó amargamente de los impuestos que debían pagar las empresas. Cuando le tocó responder, Rodríguez le dio un repaso de libro. Le recordó todas las ayudas públicas que habían recibido de los Gobiernos canario y español durante la pandemia para que el tejido productivo no colapsara. Su interlocutor se fue empequeñeciendo poco a poco hasta casi desaparecer, y yo me quedé con la sensación de haber visto a alguien ejercer la necesaria autonomía del poder político. Que venía de las urnas. Que debía desarrollarse sin miedo.
Con tantas décadas en primera línea, se han dicho ya muchas cosas sobre Román Rodríguez, convertido a menudo en caricatura por sus críticos, que simplemente lo dibujan como una especie de narcisista petulante. No voy a negar yo sus excesos retóricos, ni siquiera una cierta tendencia a la suficiencia, pero se trata de uno de las figuras más relevantes y sólidas que ha dado la política canaria contemporánea. En la tribuna del parlamento y en las distancias cortas. Entre otras cosas, porque sabe rodearse de gente talentosa que le aporta lo que a él le falta, y absorbe ese conocimiento para hacerlo propio y convertirlo en un discurso sólido y rocoso. Implacable -a veces hasta el exceso- con quien intenta acorralarlo, se le ve siempre entusiasmado en el debate político, donde no le gusta nada perder.
Pero el avance del tiempo es inexorable y Román Rodríguez y su comandante, Carmelo Ramírez, han decidido renunciar al liderazgo en Nueva Canarias -aunque permanecerán en la Ejecutiva del partido-. Se abre una nueva época. Y quizá, también una oportunidad: la del reencuentro de una izquierda canarista que nunca se recuperó de la grieta que supuso 1993, cuando una buena parte de ICAN decidió integrarse en la alianza que dio lugar al nacimiento de Coalición Canaria.
No es mi objetivo analizar aquí el acierto o no de aquella decisión, en un contexto histórico de enfriamiento ideológico que siguió a la caída del Muro de Berlín y que acercó, bajo el paraguas del “moderno nacionalismo canario” -en palabras de Manuel Hermoso-, a antiguos antagonistas políticos. Eran otros tiempos de hegemonía del PSOE felipista, displicente con las otras izquierdas canarias e incapaz de leer una pulsión popular donde convergían aspiraciones de mayor autogobierno y una querencia por un discurso político más pegado a la realidad del territorio. Un sentimiento que CC consiguió capitalizar para sorpresa del propio Jerónimo Saavedra, que pensó que sería algo efímero.
No es mi objetivo porque, paradójicamente, también ha sido Rodríguez -que ejerció de presidente de Canarias con CC de 1999 a 2003- uno de los pilares de los acuerdos de progreso que se han fraguado en las islas en las dos últimas décadas. En su etapa de vicepresidente del Cabildo Gran Canaria, entre 2007 y 2011, con el socialista José Miguel Pérez de presidente y una Nueva Canarias casi recién nacida. Y, después de años de oposición en el Parlamento canario, como número dos del Gobierno del socialista Ángel Víctor Torres durante el Pacto de las Flores, de 2019 a 2023.
Él defiende que siempre le animaron las mismas políticas de progreso, también dentro de CC, y recuerda a menudo el impulso al Servicio Canario de Salud durante su época como primer director, de 1995 a 1999, o la aprobación, en 2003, de las Directrices de Ordenación del Territorio que lo enfrentaron al sector más conservador de CC. También defiende que la realidad se cambia con el boletín oficial en la mano, con poder en las instituciones, no con la satisfacción de saberse puro, pero siempre en la oposición.
Ha sido Rodríguez también uno de los principales blancos de los sectores mediáticos afines a CC, conscientes de su habilidad y de la importancia de recuperar poder en Gran Canaria, donde la izquierda ha sabido consolidar una cierta hegemonía cultural capaz incluso de resistir olas conservadoras como la de las elecciones de mayo de 2023. Si bien Antonio Morales es el líder electoral indiscutible de ese proceso y consigue atraer a muchos votantes que van más allá de NC, la estructura orgánica ha tenido siempre una impronta romanista, organizada en esas carpetas añejas llenas de papeles con las que se maneja Carmelo Ramírez, como si llevara dentro los manuscritos fundacionales de un pueblo milenario hecho entre cuarterías y parroquias con olor a café, toscos cigarrillos de tabaco virginio y cristianismo de base. El tiempo pasa y la épica se desvanece, pero no lo suficiente para diluir una identidad política arraigada a la que no llegan, ni de lejos, en CC.
Pero la historia deja siempre sus rastros y pesa sobre Rodríguez -y sobre Ramírez- la duda, sobre todo en la izquierda de otras islas, de cuánto hay de estrategia, oportunismo o convicción en su forma de hacer política. Si vale cualquier alianza para que el partido sume unos miles de votos y arañe un concejal más en aquel pueblo, un diputado en aquella isla. Los ejemplos son cuantiosos, y si bien ha podido parecer razonable en algunas ocasiones para un contexto tan fragmentado como el canario, otros casos dejaron recuerdos amargos, como la alianza con el PIL en las elecciones autonómicas de 2011 para superar las barreras electorales.
Y es ahí donde se abre una oportunidad con el cambio de liderazgo en Nueva Canarias, cuyo secretario general -cargo de nueva creación- será el diputado Luis Campos. Sin los condicionamientos del pasado, habrá que ver la capacidad de la nueva dirección para cumplir su propósito de reforzar la izquierda canarista en un momento en el que la sensación de crisis social y ambiental se ha agravado en las islas y suenan los tambores del avance de la ultraderecha a nivel mundial, español y canario mientras cunden cierto desánimo y aires de derrota.
Con estos complejos mimbres tendrá que medir NC si puede impulsar, con continuidad y sin bandazos, la construcción de un espacio político más fuerte, equiparable a la importancia que tienen Compromís, ERC, BNG o EH Bildu en sus territorios. Para apelar a una clase trabajadora muy desestructurada y activar su poder de transformación. Para incorporar a quienes aspiran a crear riqueza en las islas y a que esta se distribuya de manera justa y equitativa. Para seducir a los sectores intelectuales y creativos.
Existe una ciudadanía progresista que nunca votaría al PSOE. O que a veces lo vota y a veces no, y que piensa que es necesaria una izquierda de obediencia estrictamente canaria. Como también hay quien anhela una cultura progresista construida desde aquí con más fuerza, con más referentes propios, que se reconozca en unos medios y espacios más visibles y mejor articulados.
Si la apuesta es genuina, tiene mucho trabajo por delante Luis Campos, nuevo secretario general de NC, hombre conciliador que quizá sirva de bálsamo para un partido convulsionado por la reciente escisión de su sector crítico. Habrá quien siembre dudas sobre cuánto mando siguen ejerciendo Rodríguez y Ramírez, así que deberá ser capaz de mediar y hacer síntesis en ese delicado equilibrio entre tradición y renovación, entre escuchar y tener voz propia. Le acompañarán Carmen Hernández y Esther González, ambas también diputadas en el Parlamento y figuras con mucha experiencia. Habrá que ver qué papel quiere jugar Antonio Morales en todo esto. Y comprobaremos qué poder real tiene la nueva generación de dirigentes que surge de este congreso, encarnada por Ayoze Corujo, nuevo secretario de Organización, y Natalia Santana, presidenta de los organismos nacionales de NC. En ambos, entre otros, recaerá esa responsabilidad de conectar con la sociedad que viene.
Pero en el canarismo de izquierdas no todo corresponde a Nueva Canarias, claro. Están el resto de formaciones políticas que saben la época crítica en la que estamos. Ahora falta ver hasta dónde llega su análisis y si están dispuestos a ceder para construir algo sólido e ilusionante.

