Había un poeta indisoluble arraigado en Fernando Senante, que, hiciera lo que hiciera, no dejábamos de considerarlo un poeta. Lo recuerdo, por ejemplo, hablando de Umbral como un poeta en prosa, pero se me olvidaron los demás temas de esa mesa redonda remota, donde solo consigo retener que celebraba al columnista en su inseparable poesía vital.
Claro que Fernando, que ayer se nos disipó con 66 años y muchos poemas sin publicar, era más cosas, abogado urbanista, profesor de Derecho Urbanístico, experto en turismo y protección del medio ambiente, una voz autorizada en el ordenamiento del territorio… Pero su paisaje connatural era la inherente poesía, esa condición innata que se apodera de abogados o economistas, de matemáticos o antropólogos, pugnando por sobresalir. Y la llevaba impresa como una segunda piel.
Aquella vez que ponderaba la figura de Francisco Umbral se detuvo a analizar el ritmo musical de sus frases sincopadas, las metáforas inolvidables y las concesiones para los fans, que leían al poeta, no al cronista. En cuanto lo dejaban, Fernando metía la poesía hasta en la sopa y dejó obra inédita para la posteridad, que ahora cobra un valor póstumo.
Un poema suyo dedicado a Alberti, poeta timonel, que cantó su hermano Caco, le granjeó una amistad juvenil con el gaditano que se vio reflejada en uno de sus libros, Con un nudo en la garganta, cuya portada fue una ilustración del gran poeta y pintor, en 1979. Plantarse con 20 años delante del respetable con la venia de Alberti era un hito prematuro que todos le jaleamos. Cada equis tiempo dejaba caer del árbol un poemario y no se daba importancia.
Cuando la isla se volvió mujer, Cuatricromía, Nosotros, Gastos emocionales… Y es cierto que hablábamos a menudo de las otras cosas, de su quehacer profesional, en el que fue noticia por alguna actividad relevante. Pero al dejar los hábitos de cada monje, los oficios, incluso los respectivos trabajos devocionales, nos despedíamos habiendo estado con el poeta Fernando Senante, el autor de El guerrero, el poema a la escultura de Henry Moore, El guerrero de Goslar, cuya figura recostada en la Rambla encarna la apoteosis de la desidia de todas las guerras: la paz.
Los versos de Fernando (“No has muerto en la batalla,/ sigue alzado tu escudo hacia la luz…”) regresaron anoche a Santa Cruz en Babelia intramuros, el espectáculo multimedia que su amigo Rubén Díaz le dedicó en Los Lavaderos junto a Federica Farace. Rubén, músico y poeta como Fernando, no se imaginaba el día que su amigo se ausentara, porque habían compartido decenios en la prensa y los escenarios, acostumbrados a cocinar poemas y canciones, y haciendo suplementos culturales en DIARIO DE AVISOS o yendo de gira con Carlos Pinto Grote y José Pedro Pérez, al abrigo de Poemus (poesía y música), en los lejanos años 90.
Una vez, en el centenario de Miguel Hernández, recorrieron las islas con sus aparejos y saltaron a la Península y al Reino Unido. Martín Rivero les instaba a hacer tributos a Neruda, Benedetti, Rafael Arozarena, Agustín Millares… Con todo ello, estos dos poetas se hicieron tan afines que ayer fue un día en blanco, una faena.
Caco Senante se llenaba de orgullo cada vez que mencionaba a Fernando. Lo tenía siempre a mano, como uno de sus héroes familiares. Y el sentimiento artístico, ya no solo el de hermanos, era mutuo, porque Fernando gozaba con los éxitos de Caco, el guerrero sobreviviente de Moore en la batalla. Esa batalla es la vida y precede a la muerte, que es el descanso de Goslar.
