Dice Rafael Argullol en una entrevista de La Vanguardia que el mundo solo se puede salvar con un retorno al humanismo. No solo lo suscribo sino que es mi posición mantenida desde siempre. El problema es que hasta con el humanismo existen barreras y fronteras y cada uno defiende la versión que mejor le conviene de ese concepto. Cuando se trata de imponer una batalla cultural queda claro que en este terreno también existe una intención de conquistar un territorio eliminando la posición de otro.
No creo que sea a este humanismo al que se refiere el filósofo catalán. Ahora se impone el humanismo de la artificialidad, de la validez indiscutible de lo posible, de la verdad proporcionada por los algoritmos, de la narrativa que intenta modificar la realidad, del relato interesado; en fin, de una corriente disfrazada de humanismo con el objeto de conseguir conquistas locales. ¿De dónde ha salido todo esto? Las guerras culturales tienden a la destrucción de la visión humanista del mundo y de las reglas que debemos observar para mantener un equilibrio equitativo entre las distintas formas de pensamiento, sin que su presencia tenga que dirimirse en un campo de luchas feroces.
El humanismo tiene que ver con el respeto a la unidad individual y a su versión íntima y personal de la libertad, pero este concepto se puede trasladar al enfrentamiento entre lo público y lo privado, lo individual y lo colectivo, y entonces se transforma en un mantra difícil de conjugar con un arquetipo universal. No se puede construir un ideal humanista basado en el juicio selectivo de los escritores, asimilándolos a esa división de preferencias por su adscripción política.
Vivimos un ambiente parroquial incluso en los términos donde los productos culturales deberían tener una vocación más global. Esto provoca la cancelación frente a la exaltación de obras que no lo merecen tanto, y esta no es una posición demasiado humanista, que digamos. Rafael Argullol tiene razón: el mundo no se salvará si no regresamos al humanismo de manera urgente.
El humanismo es, sobre todo, poner a la verdad por encima de lo demás, y considerar a ésta como una variabilidad adaptada a la circunstancia sin convertir a la circunstancia en un sectarismo. Incluso las guerras no se producirían si se les aplicara una buena dosis de humanismo, no digo de humanitarismo, que también.
Hoy leo una entrevista a Audoin-Rouzeau donde dice que Ucrania ha perdido la guerra, y asegura que los occidentales caímos en la trampa de pensar que Putin era racional. Desde mi punto de vista, es como creer que existe un resto de humanismo que nos pueda hacer ver las cosas de forma diferente. Es absurdo suponerle a alguien alguna virtud en este sentido desde un mundo donde la visión humanista de los hechos está proscrita, arrasada por técnicas de prácticas inconfesables donde prima el logro de los objetivos sobre cualquier otra consideración; un mundo gobernado por la artificialidad, por el imperio del control de los datos, por la ficción y por la ruindad convertida en virtud si así lo aconseja la conveniencia.
Estos son los comportamientos que arrasan con el humanismo, esa entelequia que añora Argullol y que es tan necesaria para la regeneración de nuestra manera de entender la vida en comunidad. Tal y como vamos, estamos muy lejos de conseguirlo.
