Vean qué ágil sigue siendo /y qué bien se conserva/ el odio en nuestro siglo./ Con qué destreza salva obstáculos/ y qué fácil le resulta saltar, pillar su presa. Comienzo, de remplón, con estos versos tan sentenciosos de la poeta polaca Wislawa Szymborska para ir haciendo boca. Porque el odio campea en las lindes fronterizas de la guerra a gran escala, en los territorios ocupados o por ocupar, en la tira de tierra que limita con el vecino. Se exhibe en todas las pasarelas, importa poco que el chasquido aterrador de un incendio nos pise los talones; que el calentamiento global afecte al estado de ánimo y se instale también en las cabezas de algunos, da igual que el insulto se luzca con traje de verano o con pamela primaveral, nunca pasa de moda. Se muestra pesimista nuestra poeta en su poema dedicado al odio, y se pregunta: ¿Desde cuándo la fraternidad arrastra a las multitudes? Da el poder, por tanto, de la seducción al odio que también es capaz de construir una estética. No nos engañemos: / sabe crear belleza. / Espléndidas son sus aureolas de fuego en la negra noche. / Magníficas las matas de sus explosiones al alba.
El odio va más descarado que nunca por las calles, va enganchado del brazo con su primo hermano, el enfado. Aunque uno solo se asome a la virtualidad en busca de temas como la naturaleza, el arte o los viajes, salta de improviso porque vive atrincherado cobardemente en las redes. Desconocía, hasta hace muy poco, que pudieran existir personas que se dedican a insultar a otros sin conocer a la víctima que tienen en la diana. Por mero desahogo, porque están borrachos de maledicencia, y permanecen atrapados en las pestilentes mazmorras del odio. Sin imaginar, hasta eso llega su ignorancia, que es un delito muy serio dirigir su mal rollo hacia personas concretas o colectivos por motivos de militancia religiosa, o por pertenecer a una raza determinada. Me espanta leer a estos personajes tan siniestros, con tanta hiel reprimida, poseedores de todos los récords internacionales de faltas de ortografía.
