Se aduce que lo que identifica a los humanos es el moverse. Eso anunció, para justificar su inquietud, el gran escritor inglés Bruce Chatwin. Somos nómadas, dijo. No se ajusta del todo ese discurso, sin embargo, con el real, porque no todos estamos dispuestos a dejar el alto cargo de la Sotheby’s, donde trabajaba por sus grandes conocimientos de arte, para partir hasta el mismísimo fin del mundo, de la Patagonia a Afganistán. Pero a él nada lo fijaba a la tierra. Luego, ¿los nacidos siempre nos hemos movido? Verdad. Pero no tanto por lo genético que nos condiciona, sino porque hay fronteras más allá de nuestros pies o por necesidad. Y de ahí surge eso que se llama vacaciones. Así, tengo un amigo que ha recorrido las zonas más raras o sofisticadas del planeta. Algunas peligrosas. ¿Por qué? Por ver o experimentar los ambientes (incluso los sabores) extremos. No morir sin antes disfrutar de la diferencia. Eso confirma al viaje, u otros pormenores más rudimentarios y cercanos. Por ejemplo, gozar de la maravilla del norte de Europa en la estación cálida. Y descubres paisajes y fenómenos naturales impresionantes. Incluso cuando sabes (por alguna cercanía) qué significan los inviernos allí. Y es. Desde la fastuosidad de los innumerables lagos y las llanuras de Finlandia al absoluto prodigio de los fiordos de noruega, o la impresionante cantidad de agua dulce que corre por ese país, o la frondosidad, cantidad y variedad de los pinos y las plantas. Y uno, a priori, no puede imaginar que en las riberas de esos enclaves o en las empinadas montañas se asienten casas en las que viven personas. ¿Qué buscan ahí, cómo sobreviven ahí? Ves ovejas o cabras sueltas por esos campos, incluso yerbas empaquetadas para el invierno. Aduces que los que habitan la cercanía del mar negocian con lo que de él obtengan. Eso (por el viaje de vacaciones) confirma el revés de lo dicho: el hombre sedentario a pesar de las incomodidades y privaciones del terreno elegido. Y entonces reconoces el revés de su historia: las preclaras ciudades de allí, el registro histórico y el puerto de Copenhague, la sencilla sutileza de Helsinki, la concisión de Oslo, con uno de los parques más fantásticos del mundo, el que ideo el escultor Vigeland, o una de las más primorosas del planeta, Estocolmo. Y es que el viaje (todo viaje) siempre significa encontrarte con la zona del no reconocimiento, el asiento en el que no identificas y no te identifican. Y esa distancia no solo te hace recapacitar sobre qué es ser extranjero sino que te sumerges en lo que en verdad eres por el revés. Así coleccionas fotos múltiples, imágenes con imanes para la nevera o banderas. ¿Por qué, por lo que son o por lo que recuerdas? Ahí estuve, te dices con el tiempo. Y eso no salva al viaje, eso es el viaje.
