a hostias se emprende

Emprender es aprender a remar sin orilla a la vista

Emprender nunca es un camino recto. Es más parecido a remar en mar abierto sin tener claro dónde está la costa. Hay días en que el agua está en calma y piensas que todo irá bien, y otros en que una ola te golpea tan fuerte que dudas de si el barco aguantará.

Cuando empecé, yo también creí que la ilusión bastaba. Que con trabajo duro y ganas todo saldría. La realidad me enseñó otra cosa: puedes dejarte la piel y aun así equivocarte. Cerré empresas, acumulé deudas y más de una vez pensé que todo se había acabado. Esa sensación de fracaso es difícil de explicar, pero cualquiera que haya intentado levantar un proyecto la conoce: la mezcla de vértigo y orgullo herido que se te queda en el estómago.
De cada caída salió una lección, aunque en su momento doliera. Aprendí que la diferencia entre soñar y construir está en la capacidad de convertir una idea en algo que otros valoren. Aprendí que las empresas no viven de intenciones, sino de ventas y márgenes. Aprendí que el ego es un mal compañero: cuando crees que todo depende de ti, la empresa se asfixia. Solo cuando entendí que necesitaba un equipo mejor que yo en muchas áreas, mi proyecto empezó a crecer de verdad.

También descubrí que el miedo no desaparece nunca. Está presente el día que firmas un crédito, el día que contratas a alguien por primera vez, el día que tienes que despedir. El miedo convive contigo, pero no tiene por qué gobernar. Lo importante es avanzar a pesar de él, aceptando que forma parte del viaje.

Emprender no es solo negocio. Es también una forma de entender la vida. Significa responsabilizarse de tus decisiones, dejar de esperar que otros resuelvan tus problemas y apostar por tu visión aun cuando todo alrededor parece ir en contra. No es un camino para héroes, es un camino para personas dispuestas a asumir que se equivocarán y que, aun así, seguirán adelante.

En Canarias y en cualquier lugar, necesitamos más de eso. Menos miedo a fallar y más valentía para intentarlo. Menos discursos sobre innovación y más acción concreta. Menos esperar permisos y más tomar la iniciativa.

El éxito empresarial no es una meta final, es un estado de movimiento constante. No lo define un premio ni una portada, sino la capacidad de levantarte después de cada tropiezo y seguir remando. Esa es la verdadera diferencia entre quienes se quedan en la orilla soñando y quienes, con todo en contra, se lanzan al mar.
Emprender es aprender a remar sin orilla a la vista y aceptar que en ese trayecto, más que certezas, lo que se gana es carácter.

*Fundador y propietario de Dormitorum