Se repite en la Península un problema que condiciona cada verano a sus habitantes, a la conciencia de los que advierten de la importancia de la naturaleza y del valor supremo de luchar por conservar la naturaleza. Son los arrasadores incendios que inflamaron al país desde el norte hasta el sur. Y se demanda para el caso lo que el supremo líder del PP proclamó, que es un trabajo de “previsión” y de “planificación”. Asunto que atañe por completo a las comunidades autónomas, es su competencia, muchas gobernadas por ellos. De lo cual se deduce, como ocurrió con la dana de Valencia, que lo que ha sucedido tiene un culpable, el gobierno, por no proporcionar medios. Pero los hechos se dan la vuelta y ahí nos vamos a encontrar, proclamó el presidente Sánchez. Porque, por primera vez en la historia de este país, Europa se volcó con España y ello, los que sufrieron las llamas, no lo dejaron de apreciar. Luego razón al canto. Cierto. Cuando esas desgracias ocurren es porque en la cúspide de los gobiernos susodichos, o los locales o los nacionales, algo no funciona. Y no funciona la astucia que se ha puesto en práctica en la medicina: la prevención. O lo que es lo mismo, contra los incendios no se lucha por contar con bomberos, artilugios terrestres o aéreos para sofocarlos, se lucha por restringir a lo mínimo los focos de inicio de tales catástrofes o, si se inician, lo sea del modo más controlado posible. Tal cosa determina una intervención clara en el terreno. Asunto de limpieza, de cortafuegos o de agenciar accesos fidedignos a los lugares más prófugos y arriesgados. Con una condena más para los casos. Antes siempre el bosque estuvo al cuidado de quienes en él se enclavaban. Ahora son las administraciones quienes deciden, imponiendo precios por la intervención o señalando monopolios, esto es, alejando a los verdaderos pobladores del mismo con lo que ello significa. Y en tal punto se para. ¿El gobierno? No. Transferido. Luego. De nuevo el gran líder de la derecha, ese de las vacaciones, ha vuelto a ser proverbial. Tanto que una gran empresa norteamericana o europea habría de contratarlo con sueldo fidedigno por su ingenio. Propone (para que Sánchez actúe, claro) un registro nacional de pirómanos para ser eficaces. Lo cual deja ver varias cosas llamativas a la vez. Una, para él no tienen culpa sus gobiernos regionales sino los dichos pirómanos; segundo, ellos son en verdad los exclusivos culpables, no los que queman por interés o los meros desastres habituales (calor, viento…). Grandioso. Y tampoco conoce a los susodichos, que lo son por vocación o por inclinaciones psicológicas al punto de la enfermedad. Pero esa es la ilustre propuesta. De donde el presidente Sánchez ha de ser efectivo: un decreto para que los susodichos se manifiesten, no se oculten. Si no lo hacen, 30.000 euros de multa. Soberbio. De nuevo genial el gran Feijóo.
