Antes tenía la casa llena de ratones y puse un gato sin darme cuenta de que era un depredador, una especie foránea e invasora que venía a destruir nuestro equilibrio ecológico.
Más o menos como un emigrante subsahariano. No me decidí por llevar al animal a que le pusieran la inyección letal o someterlo a un tratamiento psicológico para rebajar sus instintos asesinos. Me dijeron que habia un especialista muy bueno que había tratado a los leones del circo y los dejó mansos como la paloma de la paz.
El problema de la paloma de la paz es que se va cagando por todas partes. Si el Espíritu Santo hubiera conocido esto a buen seguro que habría elegido otro pájaro para encarnarse.
En fin, que no sabía qué hacer con el gato. Parecia buena persona. Una vez vino a casa una chica dominicana. Teníamos entonces un gato gordo y dijo que en su país no duraría más de dos días. Ya saben: lo del bocadillo en la puerta del colegio allí lo representa un gato que no es necesario hacerlo pasar por un conejo. Me imagino que esto ya no sucede en Santo Domingo porque ahora la gente se va allí para llevarse el dinero. La abundancia de gatos tiene que ver con la escasez de hambre, porque si no, acabarían todos en el arroz. El gato es un perdedor en los dibujos animados y esto se ha trasladado a la vida real.
He escrito una novela sobre gatos: El sudoku infernal del juez Ferrari. Alguien hace un experimento económico para aprovechar las pieles y me dijeron que eso era de una gran crueldad y lo tenía que quitar del relato. Todavía no había empezado la campaña de acoso a los mininos y los grupos animalistas reclamaban respeto por las mascotas. De vez en cuando iba al hiper a comprar Friskies y croquetas de la marca Félix. Pensaba en el pobre fabricante de comidas de animales perdiendo en las expectativas de su negocio. Ayer me enviaron un video con gatos callejeros. Parecían tiñosos y sucios. Decididamente, con ese aspecto era recomendable quitarlos de la circulación. Ahora no tengo gato. Con el calor salen todos los días al patio tres lagartos que viven confiados en que nadie los va a atacar. Ayer subió una cucaracha por el desagüe del fregadero. Venía extenuada. Así que le apliqué la eutanasia ayudándola a morir con un poco de Baygón. No se lo he dicho a nadie por si acaso.
Estoy rescatando un viejo refrán que dice: “al que no crea en Dios que le den por culo”. Como ejemplo, he escuchado unas declaraciones de los ultraderechistas que se alegran de un incendio en la mezquita de Córdoba. Lo asimilan a la reconquista y a don Pelayo bajando de Covadonga. Por cierto, Abascal está veraneando por allí. Suerte que tiene. Yo aquí con el ventilador puesto, sin poder salir a la calle a gritar ¡Viva Cristo Rey!

