Desde la consejería de Justicia del Gobierno vasco, que ostenta el PSE, se promueve el reconocimiento de las víctimas de los GAL, lo que constituye una condena más al socialismo de Felipe González, que pasa así a convertirse en victimario y a ser una de las figuras sospechosas de una Transición que ahora hay que revisar. Se trata de una purga del socialismo dentro del propio socialismo. No digo que las víctimas, sean quienes sean, no merezcan un resarcimiento una vez que se superaron los motivos que nos llevaron a tantos años de violencia, pero aquí eso no ha faltado porque los victimarios no han dejado de recibir el homenaje de los sucesivos ongi etorri, con el consentimiento cómplice de aquellos que los necesitaban para sus intereses políticos. Es difícil escribir sobre esto porque el buenismo, a fuerza de ser equitativo, nos impone un comportamiento de comprensión que no podemos rechazar. La cosa quedará en un monumento, quizá en un museo, o en una investigación histórica para entronizar una época de lucha, deleznable para muchos, que intervino e influyó de forma desgraciada en un periodo de cambio no aceptado por todos de la misma forma. Efectivamente, me refiero a la Transición. En aquellos años, que una memoria democrática intenta reconstruir, había minorías que se oponían a una evolución pacífica. Son las mismas que después de 40 años resurgen para plantear su vindicación y convertirse en estratégicamente necesarios. Me refiero a los grupos anticapitalistas, a algunos sectores independentistas, a los ultraderechistas y, como no, a los que imponían el terror como forma operativa de ejercer la política. Todos ellos han logrado, al paso de los años, ser el eje fundamental en que se apoya el Gobierno, y sus pretensiones anticonstitucionales son las mismas de 1978. Nada ha cambiado salvo que su presencia es cada vez más influyente. Este es el gran desencanto que ha provocado el advenimiento del sanchismo, a partir de aquel Comité Federal que lo desproveyó de la Secretaría General porque sabían que iba a traspasar las líneas rojas que lo comprometían con el espíritu del 78. A partir de ese momento se ha producido una operación de desmonte de las viejas ideas para ser sustituidas por las contenidas en los nuevos relatos. Esta iniciativa, aparentemente buenista del reconocimiento de víctimas que antes fueron victimarios y cuyos correligionarios no han mostrado el menor atisbo de arrepentimiento, no persigue otra cosa que la normalización, a la fuerza, de aquello que quiere meterse con calzador en el pensamiento de los españoles. Otra vez estamos ante el debate de situar a la narrativa por encima de la realidad. Por más que lo intentemos, no solo de símbolos vive el hombre. Nadie podrá alimentarse con una lata de sopa Campbell pintada por Andy Warhol, ni orinar en los mingitorios de Marcel Duchamps sin que se produzca un estropicio, ni fumar en la pipa de René Magritte; a lo más un wapeo delante del cuadro. Los historiadores a sueldo podrán construir la historia a su antojo, pero no mientras esté viva la memoria de los que sabemos cómo y por qué suceden las cosas.
