opinión

Líneas

Los dibujos de los niños están llenos de líneas. Estas líneas pueden adquirir diferentes tamaños y formas, pueden ser rectas o curvas, pueden llenarse de colores y representar ciudades, personas, árboles, casas o cualquier otra cosa. A veces, las líneas invitan al desorden, pero, la realidad es que contribuyen a organizar el espacio, a delimitar qué parte corresponde al cielo y qué parte a la tierra donde hay una casa con ventana y jardín. Los niños conocen muy bien los límites de cada cosa, hasta tal punto que si, de repente, los adultos tenemos el descaro de confundir el árbol con un cohete o una escoba, se enfadan, porque no entienden que sea tan difícil distinguir lo que representa cada trazo, que cueste tanto reconocer a un elefante comiéndose una boa, mientras nosotros seguimos empeñados en ver en el dibujo la forma de un sombrero. El Principito, como los niños, lo tenía muy claro.

El mundo también está lleno de líneas que nos sirven para dibujar los países y sus gentes. Cuando era pequeña me sabía de memoria sus nombres y también sus capitales. Era pregunta de examen, así que no quedaba otro remedio que estudiar el mapa hasta memorizarlo. Europa era con diferencia el continente más fácil, también América, aunque la cosa empezaba a complicarse en Centroamérica, sobre todo, en el paraíso antillano que habitaba el mar Caribe. A cada una de las islas de ese archipiélago había que dedicarles algo más de tiempo, había que hacer un esfuerzo mayor para recordar cómo se llamaba cada estado y cada territorio, como también pasaba con algunos países asiáticos, y eso que aún no había llegado el 91 y la URSS no se había deshecho en un rompecabezas de nombres imposibles. Ya de África ni hablamos. Aquello era un guirigay de palabras desconocidas, un puzzle de naciones cuyas capitales complicaban aún más el estudio, así que, si en el examen tocaba África, era muy improbable llegar al diez. Eso era antes. Si hoy tuviera que volver a examinarme, suspendería seguro. Es lo que tienen las líneas. En aquel entonces, como era niña, desconocía su importancia. Tampoco sabía que las líneas podían borrarse y redibujarse, dependiendo de las órdenes y del poder de los adultos. Es lo que tiene la infancia.

Con el tiempo aprendí que la naturaleza también está llena de líneas, incluso el agua, que es materia líquida desordenada, elemento caótico que cae del cielo y moja la tierra sin límites, es capaz de dibujar líneas sinuosas, líneas capaces de decirnos dónde está el inicio y dónde el final.

En un punto de uno de los mapas que aprendí en la infancia, de esos cuyas líneas se han ido moviendo con los años, muy cerca de la ciudad brasileña de Manaos, el río Amazonas ofrece un espectáculo inusual cuando tropieza con el río Negro, negro porque ese es su color y porque también es negra la raya fronteriza que lo divide del río caudaloso del que nace, el que adquiere el nombre de Solimões durante los seis kilómetros en los que ambos corren lado a lado sin mezclarse, creando la imagen de una naturaleza bicolor: de un lado está el río grande, el Amazonas mítico que contiene leyendas de mujeres guerreras y valientes; del otro lado, el río afluente, Negro, porque así son sus aguas llenas de ramas y de hojas de té. El espectáculo es tremendo. Yo tuve la oportunidad de verlo hace mucho tiempo, pero aún hoy lo recuerdo, aún hoy rememoro el “Encuentro de las Aguas”, el barco navegando encima de los límites, coloreándose de la naturaleza hasta que, de pronto, las líneas se deshacen, el Negro deja de ser un color y un río y se mezcla con su origen, se diluyen diferencias y el agua corre única, llena de todas las tonalidades posibles, desaparecen las líneas, las fronteras y el dibujo se emborrona y se transforma, y donde antes había una casa o un árbol, ahora puede haber ruinas, humo o tierra.

Sin embargo, el dibujo debe ser otra cosa, como por ejemplo, un elefante tragándose una boa constrictor, o un hogar de países que son libres, franjas sin líneas ni bordes en este mundo que se empeña en poner límites, en dibujar sombreros y muertes y órdenes y guerras, como si las líneas no pudieran ser curvas y adquirir formas diferentes y nuevos significados y ser, incluso, un abrazo, una paz, una casa de esas grandes en la que cabe una familia entera de elefantes y un jardín lleno de rosas y de ventanas abiertas a un río que corre lleno de colores.

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