después del paréntesis

Mendigos

Finlandia es uno de los países más ricos de este mundo. Y lo es porque, después de los problemas que hubo con Suecia, que fue su centro, con Rusia que la ocupó y de lo que acaeció en la Segunda guerra mundial, es un país que ha sabido fundamentarse, mirarse hacia sí y hacia el mundo, saber qué provecho puede alcanzar con lo propio y con lo que por estudio puede dominar. Así se convirtió en un estado efectivo y productivo. Lo lograron en el sector industrial, por el maderero, por la tecnología (Netflix) o por las comunicaciones.
Concuerda ello con su modelo político, responsable y consistente, que atiene a satisfacer en todos los planos (educación, sanidad, vivienda, prestaciones sociales…) a sus ciudadanos. Ello da como resultado que los seis millones de habitantes que viven allí tengan un 53% de Renta per Cápita. Y por ello confirman. Por ejemplo, una base esencial de este mundo, una educación excepcional que responde al por qué se enseña, para qué se enseña, por qué se enseña, en la que el peso de la autoridad es patente (desde el papel de los padres en el sistema a los maestros) y en el que la exigencia es el culmen.

Así viven, en una ciudad central pequeña pero cuasi modélica que se llama Helsinki, con el archipiélago cercano que la decora y en verano está lleno de turistas. Y reparas en asuntos particulares. Como en la Dinamarca en la que viví, todo envase (de agua, de cerveza, de refrescos…) tiene precio. O lo que es lo mismo, cuando compras pagas por él; cuando vuelves a la tienda, llevas el bote y te devuelven lo invertido. De ahí que puedas encontrarte ahí con un tipo de mendigos muy curiosos.

Lo recuerdo de Copenhague. Me encontré con un señor día tras día, mientras acudía a la universidad donde trabajaba, en la estación central. Era mayor, y no sé si se entretenía o la necesidad lo llevaba a ello; recorría hora tras hora todas las papeleras del lugar en busca de los desperdicios provechosos que los extranjeros dejaban. Iba cargado con una bolsa al efecto y más de una vez la aprecie llena. Después obtener los dispendios correspondientes. No sé (repito) si aquel hombre necesitaba esos favores o si había ideado un modo de aumentar sus ganancias a fin de un capricho u otra probidad. Era. Y en Suomenlinna, el archipiélago de seis islas donde se encuentra la extraordinaria fortaleza militar del pasado, un chico negro recorría los mismos depósitos con la misma destreza.
¿Un aviso de los desmedros de la inmigración? Difícil creerlo. Lo consustancial al hecho es que la conciencia ecologista de estos pueblos es evidente. Y eso hace que el Estado le ponga precio a lo que se ha de reciclar. Todos lo aprueban y algunos lo aprovechan. Lejos de la imposición, a eso se le llama educación y responsabilidad. Lo logran.

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