Dice Feijóo que las vacaciones están sobrevaloradas. Las vacaciones, aparte de un derecho que se cotiza en el mundo laboral, contabilizadas como días cobrados pero no trabajados, se han convertido en un desiderátum, con expectativas aleatorias, que puede acabar fracasando por un retraso en el transporte, una ola de calor o tener que soportar a un compañero pesadito y mal elegido. Por supuesto que nadie confesará que le fue mal, aunque no haya seleccionado su hotel en Trivago.
Hay muchas cosas que están sobrevaloradas, como ocurre en la bolsa, donde nada es seguro, ni siquiera para alguien que presume de ser un experto bróker. Incluso aquello en lo que basamos nuestro futuro inmediato esta exento de la sobrevaloración. Según Jáuregui, la que se produce con todo aquello que tenga que ver con lo tecnológico es uno de los signos de nuestro tiempo. Todo está sobrevalorado porque es difícil encontrar el carácter estable en las opciones que nos rodean y se nos ofertan como una fórmula ciegamente aceptada para la solución de todos los conflictos.
Las ideologías están sobrevaloradas, la economía está sobrevalorada, las opciones de paz están sobrevaloradas, y esto hace que no confiemos demasiado en las cosas que están a nuestro alcance; cuanto menos en las que nos quedan lejanas. Este es el motivo de que exista un alarmante crecimiento de desconfianza en lo que nos inducen a sobrevalorar.
La sobrevaloración es un ejercicio del grupo. Los individuos, tomados de uno en uno, en ese sentido liberal que les otorgaba Goytisolo, no valoran más que aquello que su independencia y su experiencia les han enseñado a testar. La sobrevaloración es un tema de militancias, un asunto del consumo de masas, como esos cardúmenes de alevines que aparentan ser un enorme pez y no son más que una agrupación uniformada de menudencias. Todo está sobrevalorado, incluso el pensamiento, que cree volar por encima de la realidad. También las conclusiones de grupos científicos, que representan a una tendencia, y hasta los actos violentos de algunas minorías que pretenden hacer temblar a las estructuras del planeta. Yo mismo siento que a veces me sobrevaloro, sugiriendo lo que creo que es producto del sentido común y no es otra cosa que un resultado del laboratorio personal que tengo para ver las cosas.
Me sobrevaloran los que creen que mis opiniones van a influir más allá de lo que puede ser una práctica literaria; y los que piensan que es solo eso también lo hacen. Me sobrevaloran los que piensan que mis reflexiones les pueden hacer daño y aquellos a los que les resbala lo que digo. Reconocer la sobrevaloración es un acto de humildad. Hay tantas cosas que se sobrevaloran… Libros mediocres que pasan a ser exitosos best sellers locales de la noche a la mañana, tesis plagiadas que adornan los currículos de los pavos reales, informaciones manipuladas por la Inteligencia Artificial, fotos embellecidas por filtros, bellezas que no lo son tanto, discursos siguiendo las pautas de los estrategas, descalificaciones que no pasan de ser una bravata de trincheras. En fin, todas esas cosas que adornan el ambiente en que vivimos cada día si hacemos caso de esa batalla irreal a la que llamamos política.
Todo eso está sobrevalorado. Las vacaciones también, y Elon Musk, y Amazon y Huawei y el ChatGPT. Cuando las cosas vuelvan a su sitio veremos el valor real que tienen. Verán como no cambian tanto como nos hacen ver.
