Por Javier Lima Estévez* | Es agosto. El sol cae con dulzura sobre las calles adoquinadas, aunque una ligera brisa marina acaricia el alma del pueblo. Las Fiestas Lustrales del Santísimo Cristo de la Misericordia y las Fiestas Patronales en Honor a Santa Ana y San Roque, han llegado prácticamente a su fin. El bullicio cede paso al ritmo pausado del verano. La Villa y Puerto de Garachico, con orgullo de su historia, retoma su pulso sereno. Entre casas que guardan siglos de historias, llegamos a un hogar especial, donde también habita buena parte de la memoria del lugar: la casa de Don Carlos Acosta García.
Nos recibe con la hospitalidad tranquila de quien ha vivido mucho, pero no deja de asombrarse ante la vida. Tiene 95 años y, sin embargo, su mente conserva la agilidad de un joven curioso. En su conversación se suceden las anécdotas, los pasajes históricos y un conjunto de vivencias que nos atrapan durante más de una hora y que a nosotros se nos escapa como un suspiro.
Don Carlos no solo ha vivido en Garachico; lo ha contado, lo ha amado, lo ha hecho eterno en las palabras. Sus libros -más de cuarenta títulos- reflejan un testimonio profundo de amor por su tierra. Desde hace más de siete décadas, su nombre es sinónimo de escritura, de constancia y de rigor. Comenzó en La Tarde, ofreciendo valiosas lecciones de historia local, y en Aire Libre, donde sus crónicas deportivas tenían sabor a encuentro y comunidad. Aún hoy, su voz escrita resuena cada semana en las páginas de este periódico que usted, querido lector/a, hojea en este momento.
Maestro de letras y de vida, Don Carlos ha sido también sembrador de conocimiento en las aulas de El Tanque, San Juan del Reparo, El Guincho e Icod de los Vinos. En sus enseñanzas, como en sus escritos, se produce un equilibrio entre lo ameno y lo riguroso, entre la sabiduría y la humildad. Su mirada nunca ha estado ajena al tiempo ni al entorno, y su afecto sincero por quienes han caminado junto a él es tan generoso como su obra.
También poeta. Publicó su primer libro sobre tal género literario, Apenas barro…, en 1981, y desde entonces su voz ha estado presente y ligada a premios, conferencias, pregones y actos donde la palabra se celebra.
Rigor, compromiso y entrega. Son las constantes que lo definen. Y en cada paso que da, en cada texto, en cada gesto, late el amor profundo por su Villa y Puerto. Al despedirnos, el agradecimiento se nos queda corto. Y es que hay legados que no caben en palabras, y el suyo, Don Carlos, es uno de ellos. Gracias infinitas. Gracias por enseñarnos que amar un lugar es también contarlo, cuidarlo y hacerlo vivir en la memoria colectiva.
*Historiador
