Los diputados de las islas han caído en la trampa canariona de reivindicar La Graciosa como isla –es un islote, sin municipio, sin cabildo y sin estructura administrativa— y se han armado tremendo lío cambiando el himno, las canciones de Los Huaracheros, el villancico de Cabrera y la cosa. Y todo por el empeño canarión de tener en nómina cuatro islas, como Santa Cruz de Tenerife, porque ellos no pueden ser menos ni en islas, ni en diócesis, ni en obispos auxiliares ni en la madre que parió a Paneque. Así que, como papanatas, a descubrir ahora que las Islas Canarias ya no son siete, sino ocho, y que hay que cambiar el número, sí o sí. Pues que se vayan todos a la mierda. Para mí seguirán siendo siete las Islas Canarias, con sus correspondientes islotes, uno de ellos habitado por un centenar de personas, que en verano llegan a dos mil, con la invasión. Y, si no, que doten a La Graciosa de municipio y cabildo y así ya podrán ser ocho las islas, para goce y disfrute del canarión irredento. Es la mejor forma de fomentar el pleito, jodiendo incluso a nivel parlamentario y con la connivencia de la bancada tinerfeña, que no se entera casi nunca de nada. Fíjense si no se enteran de nada sus diputados que son capaces de aceptar que el viaje del papa se organice desde Las Palmas, de acuerdo con los intereses de aquella provincia y al margen de una isla tinerfeña como es El Hierro, marginada por los organizadores. No va el pontífice a La Graciosa de milagro, porque para reforzar su estatus, el canarión es capaz de construir allí un aeropuerto para el papa, si cupiera. Pues yo reivindico el Roque de Garachico como novena isla, que mide más o menos como La Graciosa, exagerando un poco. Y que se construya allí un Cabildo, presidido por Lorenzo Dorta.
