Un tal Charles Louis de Secondat, barón de Montesquieu, decía que no hay nada mejor que dedicarle una hora al día a la reposada lectura. Hay lecturas marcantes que no se olvidan nunca, y otras que caen en un limbo desubicado de nuestra memoria. En este caso, los autores y los títulos palidecen en una lejanía que jamás retorna y si intentamos regresar solo encontraremos el eco de aquellos momentos, desdibujados ya por el implacable paso del tiempo. Y uno de esos libros encontrados en el camino se titula La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento: El contexto de François Rabelais, cuyo autor es el estudioso ruso Mijail Bajtín. En él, hablo de memoria, se recogen costumbres que son el germen claro de lo que sería el carnaval de nuestros días, aunque las fiestas de la máscara de hoy sufren ya, gracias a la excesiva institucionalización, el desvanecimiento de aquellos lejanos y entusiasmados orígenes.
Y llegué a este interesante estudio a través de la primera entrega de las Antimemorias de Bryce Echenique, donde el escritor peruano pide permiso para vivir. Con Echenique se me abrieron nuevos horizontes literarios, posibles lecturas futuras. Gracias a él me acerqué a Gargantúa y Pantagruel, dos gigantes que llevaban una vida estridente, colmada de excesos de todo tipo, son dos joyas literarias con un contenido humorístico llevado al límite. En Gargantúa y Pantagruel, el lenguaje llega a una excelencia suprema, con infinitas aristas semánticas e interpretativas, y nos abre al placer definitivo de la lectura. Gracias al autor de estas obras, François Rabelais, supe de los llamados médicos alegres de la Facultad de Medicina de Montpelier, de la importancia del estado de ánimo en los procesos terapéuticos; me enteré que existió una Risa pascual practicada en los templos con el fin de sacarle la sonrisa a los feligreses, se me abrieron los ojos hacia una nueva teorización del extraño fenómeno de la risa, que jamás me ha interesado.


