tribuna

Verdad versus ideología

Cuándo hablamos de que un tema es ideológico queremos decir que es bueno o malo? Si lo planteamos desde el punto de vista democrático no tendría que ser así. La democracia es el sistema que permite y canaliza el debate sobre las ideas en igualdad de oportunidades y con el respeto a todas ellas. Separar a la ideología de la verdad es una tarea difícil, sin embargo, ayudaría a ver el mundo de una manera más solidaria e igualitaria, a menos que estas palabras tengan también una significación ideológica, que, según parece, la tienen. ¿Qué es la verdad? Según Habermas, es alcanzar un consenso razonable en lo que se dice. ¿Están dispuestas las ideologías a llegar a estos consensos? En cualquier caso, sería algo cuantificable, algo que pudiera medirse por un método estadístico. Entonces, la verdad democrática la otorga el resultado de una confrontación ideológica medida en mayorías y en votos. ¿Significa esto que lo falso se convierte en verdadero solo por el hecho de ser avalado por un número importante de ciudadanos? Hay verdades que no pueden ser sometidas a estos procesos, porque lo seguirán siendo a pesar de no ser amparadas por una medición estadística. Incluso si las apariencias confirman tozudamente a las teorías, eso no es suficiente para ser aceptadas como inequívocamente razonables. Inmersos, como estamos, en el mundo de lo cuántico, tenemos que fiarnos de un principio de incertidumbre para consagrar lo que no admite ningún tipo de discusión. Esta relativización de nuestras observaciones es lo que hace que construyamos la verdad en base a presupuestos nuevos que nos cuesta un gran esfuerzo comprender. Ya era complicado tener que vérnoslas con la lógica para encima tener que aguantar esto. No es extraño, por tanto, que demos cierto crédito a la ideología para tratar de instaurar una realidad simplificando su digestión intelectual. Hoy no es sencillo separar a lo ideológico de las herramientas que utiliza para imponerse. Por eso la narrativa, el relato, el argumentario, la explicación de motivos y la manipulación de la memoria son aceptados como sustitutos del razonamiento ordenado, para convertir a lo conveniente en verdadero y a la resolución de un conflicto local en un dogma de carácter universal. Es frecuente emplear datos parciales para establecer conclusiones globales, utilizando el método deductivo por tramos, según se presente. Luego está la selección de los expertos encargados de defender la tesis, casi siempre extraídos del universo ideológico cercano. Esos que están encargados de corroborar aquello que se ha establecido previamente como verdad indiscutible. Recuerdan a los arqueólogos que falseaban los datos de sus mediciones, o al menos los forzaban hasta lo indecible, para hacer coincidir sus trabajos de campo con las conclusiones que previamente habían adoptado. Estos y otros peligros, como los que nos llevan a la pérdida de nuestra visión humanística en aras de la artificialidad, son los que ponen en cuestión al sistema. Unos lo llaman cambio, pero no es otra cosa que el desprecio y el abandono por los valores individuales que nos hacen sentir seres con la dignidad y el respeto suficiente por nosotros mismos.