tribuna

Adolescencia y salud mental

En los últimos años, la salud mental de los adolescentes se ha convertido en una de las mayores preocupaciones de familias, educadores y profesionales de la psicología. La depresión en jóvenes ha aumentado de forma alarmante, y cada vez son más los casos de adolescentes que acuden a consulta con autolesiones (por mala gestión de la emoción), e incluso intentos de suicidio. Pero lo que realmente me preocupa como psicóloga es lo que hay detrás: chicos y chicas que sienten que no encuentran su lugar, que viven con una presión constante y que, muchas veces, no saben cómo pedir ayuda. La adolescencia siempre ha sido una etapa compleja. Es un momento de cambios. El cuerpo, la identidad, las relaciones y la forma de ver el mundo se transforman en pocos años. Pero hoy, a estos cambios naturales, se suma un factor que ningún adolescente de hace 30 años tuvo que afrontar: la hiperconexión. Redes sociales, exposición constante, comparaciones imposibles, un escenario donde la autoestima se mide en “likes” y la presión de ser aceptado no se apaga ni de noche. No se trata de demonizar la tecnología. Las redes también pueden ser un espacio de conexión y aprendizaje. El problema aparece cuando el adolescente no cuenta con herramientas, o recursos, para manejar lo que ve, oye y siente. Cuando la comparación se convierte en un hábito diario y el silencio en casa pesa más que las conversaciones. Ahí, el riesgo crece.

Tres psico-pídoras para la prevención y el cuidado de la salud mental adolescente:

1-Escuchar sin juicio. Muchas veces los adolescentes no hablan porque temen ser sermoneados, o incomprendidos. Escuchar con atención, sin interrumpir, sin invalidar lo que sienten, abre una puerta enorme a la confianza. Como adultos, muchas de las preocupaciones que tiene un adolescente nos puede parecer una nimiedad. Pero ellos no conocen la vida como la conoces tú. Ellos no cargan tu mochila. Están empezando a llenar la suya, y el que sus preocupaciones no sean, o no consideres tan graves como las tuyas, no quiere decir que ellos no la sientan y padezcan igual.

2-Nombrar las emociones. Enseñarles a poner palabras a lo que les pasa (tristeza, frustración, miedo, ilusión, decepción) es darles un mapa para entenderse y regularse.

3-Buscar ayuda profesional a tiempo. No a todo el mundo le hace falta acudir a terapia para gestionar sus emociones, pero si en algún momento tenemos dificultad al hacerlo y esto limita nuestro día a día, a lo mejor sería la mejor opción. Teniendo en cuenta la etapa hormonal por la que pasan los adolescentes, menos dudas tendría que haber. No esperes a que se rompa para “arreglarlo”. Un espacio terapéutico puede convertirse en un lugar seguro donde aprender a conocerse y desarrollar herramientas para la vida.

También es clave que las familias cuiden su propia salud mental. No podemos enseñar autocuidado si nosotros mismos vivimos permanentemente estresados, irritados o desconectados emocionalmente. Los adolescentes aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos.

He visto a adolescentes que, con el apoyo adecuado, se reconcilian con ellos mismos, recuperan la ilusión y descubren que pueden ser quienes son sin miedo. La prevención empieza en casa, en el aula y en cualquier espacio donde un adulto esté dispuesto a mirar, escuchar y acompañar.

Porque al final, lo que salva no son las grandes charlas, sino las pequeñas señales de que no están solos. Y en un mundo tan ruidoso, ese puede ser el mensaje más sanador.

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