tribuna

De las pateras a la esperanza

Cada semana, jóvenes africanos se lanzan al mar en pateras abarrotadas rumbo a las costas del sur de Europa. Muchos, por desgracia, no lo logran: quedan en el camino, engullidos por un mar que es frontera y tumba. Pero los que llegan lo hacen con una fe intacta en esa tierra prometida que imaginan como un futuro de dignidad. Es de justicia que estos jóvenes sean atendidos, amparados e incluidos en la medicina preventiva, como ocurre en España y, de manera ejemplar, en Canarias. La salud es un derecho humano básico, no un privilegio. Pero el verdadero desafío está en la formación. Sin educación ni capacitación, la esperanza se convierte en frustración. Darles la posibilidad de completar sus estudios no es solo un bien para ellos, sino una inversión en el futuro común: ciudadanos formados, capaces de integrarse con honradez y de aportar al bienestar de la sociedad que los acoge. La juventud que hoy llega en frágiles embarcaciones puede ser mañana fuerza de trabajo cualificada, ciudadanía activa, cultura compartida. No se trata de compasión, sino de visión: construir con ellos un porvenir en común. Europa no puede permitirse mirar hacia otro lado. Quienes llegan en pateras traen consigo la misma ambición que movió a nuestros abuelos emigrantes: forjar una vida mejor. Acogerlos con justicia, garantizar su salud y abrirles el camino de la educación no es caridad, es un acto de responsabilidad histórica. Porque cada joven que logra integrarse multiplica la riqueza moral y social del continente. El verdadero horizonte europeo no está en levantar muros, sino en abrir caminos. Caminos de dignidad, de educación y de justicia compartida. Solo así nuestra sociedad será realmente fuerte: cuando la tierra prometida sea de todos.

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