Hay momentos en que te preguntas para qué quieres aquel gallo de madera que trajiste de Lisboa, aquella gusla de una cuerda comprada en la antigua Yugoslavia, las variadas ediciones de El Quijote que nunca lees y una caja llena de monedas que no coleccionas. Y te entran, de remplón, unas ganas tremendas de luchar contra el apego a los objetos. Son momentos críticos en los que te juegas el pellejo, porque no es fácil discernir el apego lógico a lo material y el apego patológico, que te hace guardar tarros de cristal sin que nadie lo sepa.
Recuerdo que le pregunté a Fernando Díaz Cutillas, presentador y alma del programa Tenderete, dónde se guardaban los incontables obsequios que recibía. Más de una vez me atreví a bromear sobre un supuesto almacén, destino último de tanto regalo. Eran pequeños gestos que nunca supe dónde iban a parar. A veces, era una caja de quesadillas herreñas, un tambor gomero o unos polvorones caseros. Los artesanos de la tierra, los cantores de coplas populares y los músicos daban muestras de una espontánea generosidad a cada rato. Y quién me iba a decir que tras el viaje último de nuestro querido Nanino, yo iba a sustituirle, once años después de su muerte, como conductor de ese Tenderete que ya ha pasado por diferentes etapas. Nanino jamás dio muestras de estar apegado a nada, ni me dio pistas sobre dónde desembocaba el torrente de dádivas que recibía el programa.
Todo esto lo digo porque el pontífice va por el mismo camino. Me sigo haciendo la misma pregunta ante los miles de detalles que recibe el nuevo papa, León XIV, durante las visitas privadas en el Vaticano. Con ese carácter afable y abierto, reflejo de su vida como misionero, no me extrañaría que tengan que habilitar muy pronto una nave industrial en el polígono de Güímar. Y es que no dormí en toda la noche pensando en ello, si existe o no el alma es lo de menos. Lo que importa es saber si existe un almacén pontificio, donde se custodien esos dones del Espíritu Santo como un luminoso signo de la sobreabundancia mesiánica.
