En la casa de mis abuelos había una escalera estrecha que conducía a la azotea por la que no nos dejaban subir. Era exterior, de cemento con una barandilla de hierro, y estaba adosada a una de las paredes traseras. En Cabrera Pinto también había otra, de madera, a la que se la habían desprendido los escalones, y yo escalaba por un tejadillo hasta llegar arriba y sentirme un emperador contemplando la huerta desde lo alto. Ya debía tener catorce años cuando subí por primera vez a la azotea de mi abuelo. Había unos depósitos de agua de fibrocemento y debajo de ellos me encontré con algo sorprendente: la escayola que me había tenido aprisionada la pierna derecha, desde la cadera, durante tres años largos de mi infancia. Allí estaba el yeso amarillento, cansado de aguantar lluvias, al que le salían los flecos de unas vendas. Lo miré con cariño. Un viejo compañero que había formado parte de mi mismo durante tanto tiempo se me apareció como un órgano amputado perdido en medio de un cementerio. En él escribían los niños que venían a verme, como queriendo dejar un autógrafo o un testimonio de compasión. Ayer fui a comer con unos amigos y me lo recordaba una compañera que tenía entonces tres o cuatro años, y que me dijo que pensaba que me iba a quedar así para toda la vida. Por la noche soñé con el yeso, mi prótesis inseparable que me acostumbró a tener paciencia mientras los demás correteaban a mi alrededor. Leía muchos libros entonces. Robinson Crusoe, todas las novelas de Julio Verne, El conde de Montecristo, Los tres mosqueteros, Alicia en el país de las maravillas, Las mil y una noches y El libro de la selva, de Rudyard Kipling. Cosas para niños que también servían para los mayores. Han pasado muchos años desde que el yeso se quedó abandonado en la azotea y empecé a descubrir la libertad. Entonces me entretenía haciendo una especie de periódico a mano donde escribía las noticias de lo que le ocurría a los miembros de mi familia. También, hacíamos ladrillos de barro, usando como galletera una caja de fósforos y, después de secados construíamos edificios y nos poníamos perdidos de tierra. En el sótano, una habitación llena de leña para las chimeneas, porque en La Laguna en invierno hacía frío y había que calentarse. Había dos: una en el piso bajo, junto a un hueco por donde subía el aire caliente, y otra en el estudio donde pintaba mi abuelo, debajo de un retrato de señor Domingo el Cegato y una cabeza de Goya, de yeso, colocada en una repisa, que nos servía de modelo para dibujar al carboncillo. El estudio tenía unos ventanales enormes desde los que se veían los pinos sobre el césped, delante de la casa. Allí me pasaba las mañanas, en la camilla, respirando aquel aire maravilloso que se filtraba entre los árboles cuando venían a verme los niños a pintarrajear sobre el yeso blanco, que parecía una pared llena de grafitis de colores. ¿Qué habrá sido de mi querido yeso? Acabaría sus días en un vertedero, deshaciéndose con otros derrubios, degradándose como cualquier otro material que recupera la naturaleza reclamándolo como suyo, como hace con todo, y como hará con nosotros, que ahora dicen los ecologistas que nos convertiremos en humos contaminantes. Hasta en eso seguiremos siendo incómodos y dando la lata. Menos mal que nos queda el recuerdo, y la posibilidad de escribirlo, porque si no, se lo llevaría el olvido.
