tribuna

La desconexión

Leyendo en las tripas de los sondeos sacamos la conclusión de que las mayorías se refugian en el desinterés por los asuntos políticos. Solo unos pocos están involucrados en ese debate atrabiliario que aparenta ocuparnos a todos. Los asuntos que se exhiben en los titulares de prensa no son del interés exclusivo de la gente, ni las plataformas que llenan las redes sociales influyen en la vida normal de los ciudadanos. Una enorme cantidad de personas anda preocupada por otras cosas: por sus trabajos, por cómo pagar su vivienda, por cómo llegar a fin de mes y, sobre todo, por llevarse bien con su vecino, o, al menos, por procurar entenderlo. Así que ese enfrentamiento altamente polarizado que se ofrece como imagen generalizada no responde a la realidad, sino a un deseo, a un intento de radicalización que enrarece el ambiente social y lo polariza hasta el extremo que conviene a los que pugnan por el poder, y a sus huestes y acólitos enfervorecidos. Es un espejismo, como tantos otros, fabricado para ocultarnos la realidad. Los que ocupan las trincheras beligerantes del desencuentro acusan de equidistancia a los que ponen en duda la autenticidad de su lucha, pero esa palabra cobra un significado positivo cuando intenta establecer un panorama donde las cosas son diferentes a como las presentan. A veces se ponen en juego sentimientos indiscutibles, como la indignación ante la muerte de inocentes, para provocar movilizaciones que siempre acaban en una discusión semántica. En este aspecto se quiere dividir a los grupos entre buenos y malos, como si esa dicotomía obedeciera a una posición común en las relaciones humanas. Cuando la protesta indignada se convierte en avalancha se traspasan unos límites que nunca pueden concertar a la unanimidad, porque si fuera unánime no estaría consiguiendo los objetivos políticos que pretende. Nadie sacaría provecho si todos se indignaran por lo mismo. La indignación fue una corriente inspirada por Hessel hace unos años y que parece que ya dio lo que dio; sin embargo, se sigue utilizando como último refugio para la política de la polarización. Hoy los jóvenes se indignan al ver cómo se reducen sus posibilidades de progreso, de construirse una vida digna, renunciando al proyecto de una familia que la economía permita desarrollarse. El problema de la vivienda, por ejemplo, es la pescadilla que se muerde la cola. Todos sabemos que la presión medioambiental tiene mucho que ver con eso, pero son pocos los que se atreven a decirlo. En su lugar se ofrecen parches que no sirven para nada, promesas imposibles de cumplir, engaños para prolongar la solución a un tiempo que no llega nunca. Hoy la noticia es que una comisión de la ONU ha dicho que lo de Gaza cumple con cuatro de las cinco condiciones para ser calificado como genocidio. En estos matices se dirime la pelea, que sería como plantear los aspectos semánticos y jurídicos de un asesinato, igual que si a una madre le importara que a su hijo lo matara un genocida o un criminal. Parece que les va la vida en eso, porque lo que pretenden es ganar un relato, sea este el que sea. A la gente de a pie, a esa gran masa que, según las encuestas, está preocupada por otras cosas, estos debates no le interesan. Lo único que consiguen es la desafección de los ciudadanos de la política, que, al fin y al cabo, siempre ha sido el objeto de los gobernantes.