tribuna

La máquina y yo

Una de cada cuatro chicas de entre 17 y 21 años recurre a la IA para contarle sus cosas. En los chicos supone el 12 %. Esto delata que existe una enorme soledad, un desarraigo familiar o una extrema dificultad para encontrar un confidente amigo, o, por otra parte, que hay una desconfianza en los iguales para que aporten una respuesta adecuada y por eso se recurre a las máquinas, más anónimas y más íntimas. En cualquier caso, es una nueva forma de entender las relaciones humanas. Puede ocurrir que los automatismos generen una mayor seguridad y confianza por lo exacto y acertado de sus informaciones, pero en este caso se trata más de un refugio psicológico, un reducto donde la sinceridad de la confesión se pueda realizar sin mayores problemas. No sé si estos jóvenes sacarán mayor provecho entregando sus intimidades al ChatGPT o a un psicólogo. Quizá sea saludable y aporte una mayor ayuda al verse desatendido en un mundo de protocolos, tan automatizado como el artefacto al que van a consultar. Conozco a un chico que me mostró sus diálogos con la Inteligencia Artificial y las respuestas de ésta me parecieron sensatas y adecuadas. Sobre todo, llenas de detalles extensivos de la información, y con una capacidad de síntesis a las que supuse que no podría llegar un profesional. Hubo un tiempo en que pensé que los psicólogos le estaban quitando el trabajo a los confesores en las iglesias y a los barberos, que te relajaban con una conversación suave mientras te daban un masaje. Después me he dado cuenta de que no hay psicólogos para todos. La última vez que necesité de uno de ellos, tuve que esperar a que me derivara un psiquiatra y tardé cerca de nueve meses para conseguir hora en la consulta. En ese plazo ya había podido gestionar una depresión como Dios me dio a entender, ayudado por las orientaciones que pude leer en las páginas de internet. A la vista de esto, me parece bien que la IA sirva para aliviar estas carencias. El problema es que la máquina no está facultada para recetar ansiolíticos, pero todo se andará, cuando se generalicen los encuentros on line con la medicina y aliviemos la tramitación de las urgencias. He leído el último libro de Fernando Jáuregui y me ha sorprendido el número de uniones casi matrimoniales que se han producido entre humanos y robots, o cualquier otro tipo de seres inanimados, como árboles, plantas, piedras, etc. Dicen que la humanidad se está volviendo loca, pero sólo está abriendo el campo de sus actuaciones a espacios por donde antes no se podría transitar sin haber perdido la cabeza. Ya no me parece tan extraño que la familia de Gregor Samsa conviva con él transformado en cucaracha. Siempre la literatura se ha adelantado a los hechos reales. A pesar de todo, cuando veo a alguien que decide entablar relaciones con un trozo de madera, me hago la pregunta siguiente: ¿qué le hemos hecho para que no le quede otra que llegar a esto? Luego me respondo que el raro soy yo por no entenderlo, que tendría que pasar de nuevo por la Universidad y enterarme de lo que allí se estudia. Entonces me daría cuenta de que no es tan difícil pasar de ser no binario a enamorarse de una araña, fascinados por ver el arte que tiene tejiendo su tela. Esto lo inventó san Francisco hace muchos años, pero nuestra forma práctica de ver la existencia y el inmediato interés económico nos lo hizo ver de otra manera. Quizá por eso el argentino Bergoglio eligió el nombre de este alocado fraile de Asís.

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