por quÉ no me callo

Maduro invoca a Noriega por ‘médium’ de Trump

En octubre de 2018, Miguel Enrique Otero, director de El Nacional, exiliado en España, lanzó un scoop preventivo en DIARIO DE AVISOS: “Antes de diciembre publicaré el titular, Venezuela regresa a la democracia”.

Otero estaba convencido, en la entrevista con Juan Carlos Mateu, codirector de este periódico, de que los planetas se habían alineado con Donald Trump en su primera etapa en la Casa Blanca. Ahora, en su vuelta al Despacho Oval, el republicano retoma el ajuste de cuentas con Maduro, que hace un año contravino la voluntad popular y cerró el paso a Edmundo González (también exiliado en España), en un ticket tácito con la inhabilitada María Corina Machado.

Hace siete años, el reputado periodista venezolano que recibía el premio Taburiente de nuestra Fundación, rezumaba la esperanza de poder volver a pasear por las calles de Caracas. Pero los remedios que receta Trump suelen tener contraindicaciones. Poco antes de esta avanzadilla naval (que recuerda a la de los submarinos con su amigo Putin) había hecho caso omiso de la cocaína con fentanilo de los cárteles que atribuye al chavista y acordó con él intercambiar presos y deportados, y accedió a renovar las prospecciones petrolíferas en Venezuela. Como ocurre con las lunas de miel ciclotímicas de Trump, acto seguido duplicó el monto de la recompensa por la cabeza de Maduro a 50 millones de dólares (el doble que a Bin Laden tras el 11-S) y escenificó esta guerra naval psicológica, recobrando la memoria sobre el daño en EE.UU de la droga que, a su juicio, le cuela el del Palacio de Miraflores.

Lo terrible son las falsas expectativas que Trump suele crear en quienes confían en su ayuda. Aunque sólo finja por el aroma de un Nobel, se le ve venir tras lo sucedido con Putin, en ese carnaval de disfraces, unas veces de hostil y otras de corderito en Alaska. Nada resta relevancia al despliegue de los destructores y unos cuantos miles de marines en el Caribe sur frente a las aguas de Venezuela, con aviones espía, un submarino de ataque y un barco lanzamisiles que cruzó el Canal de Panamá.

Justo en el feudo de Omar Torrijos, el general Manuel Noriega era una suerte de Maduro pegado al poder que no disimulaba sus relaciones ambidiestras con Pablo Escobar y la CIA. Los americanos tenían en alta estima al dictador panameño apodado Cara de Piña (por las cicatrices del acné), que tenía la fea costumbre de agitar un machete en sus arengas. A Bush padre lo hartó. Cuando Cara de Piña se permitió declarar la guerra a EE.UU., tras perder su apoyo, como si Maduro, envanecido con sus milicias rurales (fusiles contra misiles), desafiara a Trump cara a cara, como en la portada de DIARIO DE AVISOS este domingo, Bush mandó invadir Panamá y detuvo a Noriega, que purgó cárcel.

Los antecedentes de Trump no le dejan bien parado. La escena de Juan Guaidó y Leopoldo López, en mitad del aeropuerto militar de La Carlota, en abril de 2019, esperando que llegaran los militares rebeldes, lo decía todo. Trump los había dejado colgados. López y familia se exiliaron en España tras refugiarse en la embajada, y Guaidó, el presidente encargado, vive en Miami.

Un final marca de la casa. Trump recibía a los opositores venezolanos y les daba garantías como a Zelenski, las garantías más efímeras del mundo. Trump cantó en La Carlota. Y, por si fuera poco, al año siguiente (mayo de 2020), un grupo de mercenarios chapuceros fue interceptado en una lancha rápida cuando pretendían dar un golpe de Estado en Venezuela, que, abochornado, a Trump no se le ocurrió respaldar.

Cada cosa que se le ocurría era vox populi, y a su asesor de seguridad nacional, John Bolton, los periodistas le preguntaban por la calle cuándo pensaban invadir Venezuela. El FBI registró el otro día las oficinas y la vivienda de Bolton, caído en desgracia, que en sus memorias (La habitación donde sucedió), asegura que el presidente, hace siete años, no decía lo que pensaba, pues, en realidad, descreía de Guaidó por ser poca cosa y tenía mejor concepto de Maduro, el duro. Al que ahora, de momento, le hace putaditas como a Putin.