tribuna

No hay mundo sin sintaxis

Todos sabemos que, a pesar de implicar las mismas unidades léxicas, las expresiones hijo de la puta, hijo de puta, hijo puta e hijoputa no tienen el mismo valor referencial. Hijo de la puta se refiere al hijo de una señora a la que se atribuye mala reputación, como ojos del lince se refiere a unos ojos que pertenecen al lince y tío de Juan, a un tío que está relacionado con Juan. Ni siquiera el “hijo” del violento hijo de la gran puta deja de aludir al hijo de una madre concreta, aunque no sea a la madre a la que quiere ofender el proferidor del insulto. Hijo de puta alude a un hijo que tiene las características de una puta, como ojos de lince se refiere a unos ojos que tienen la agudeza de los del lince y boca de cangrejo, a una boca que, por las razones que sean, se parece a la de un cangrejo. Tanto en la primera de ellas (hijo de puta) como en las segundas (ojos de lince y boca de cangrejo) subyace una especie de comparación metafórica. Con hijo puta nos referimos a un hijo que es puta, como reina madre se refiere a una reina que es madre y niño poeta, a un niño que es poeta. E hijoputa señala a una categoría unitaria de ser humano, como cabrón, cabrito, pendejo, bastardo, canalla o voces similares.

¿Y por qué significan expresiones que implican los mismos elementos léxicos cosas tan diferentes? Pues simplemente por su particular estructura sintáctica. En la variante hijo de la puta, la relación se entiende como pertenencia, porque, como el nombre complementario aparece determinado con el artículo la, atrae a su ámbito semántico el concepto significado por el nombre principal (hijo). En la variante hijo de puta, se interpreta en el sentido de que tiene las características de una puta (sin serlo en realidad) porque, como el complemento aparece exento de determinante, es él el atraído por el concepto denotado por el nombre nuclear. En la variante hijo puta se entiende como ‘hijo que es una puta’ porque, como el nombre “puta” complementa de forma directa o apositiva al núcleo, se interpreta como segunda descripción del referente de este. Y, en la variante sintética hijoputa, se entiende como denominación de una mala persona porque en ella los dos nombres que la constituyen aparecen fundidos en una misma unidad léxica, con función referencial unitaria.

Es evidente, por tanto, que es la sintaxis y no la significación léxica de los elementos que las constituyen, que son exactamente los mismos en los cuatro casos que nos ocupan, la responsable de la riqueza semántica de las tabuizadas expresiones que consideramos y que con tanta frecuencia se usan en el lenguaje popular. Todo ello pone claramente de manifiesto la importancia de la sintaxis en la construcción de los mensajes. En realidad, en las lenguas naturales la sintaxis es mucho más importante que el léxico porque es un componente estructural, y no un simple constituyente de sus inventarios léxicos. Desde el punto de vista de la estructura del idioma (no desde el punto de vista del contenido conceptual o ideológico), en la combinación casa de madera, por ejemplo, es más importante la preposición de que los nombres casa y madera, porque sobre ella, que presenta una productividad infinita, sin alterar lo más mínimo su significación invariante (“concepto x que tiene su punto de partida en el concepto z”), descansa la estructura del mensaje. Por eso, entienden perfectamente los hispanohablantes combinaciones tan técnicas como “butóxido de piperonilo”, por ejemplo, aunque no tengan la más remota idea de lo que significan las palabrejas “butóxido” y “piperonilo”.

Teniendo en cuenta lo que decimos, es evidente que carecen absolutamente de fundamento esas arremetidas que sufre de vez en cuando el estudio de la gramática por parte de determinados sectores de la enseñanza o de la pedagogía. Sin gramática, es imposible construir mensajes más o menos complejos, ni entenderlos, porque el mundo no es tanto un asunto de conceptos o ideas como un asunto de organización o estructura. Por eso es de lamentar que la enseñanza de la Gramática haya sido desterrada de determinadas escuelas de magisterio (o facultades de educación, como se dice hoy) del país, que son las encargadas de formar a los maestros de la escuela primaria, el nivel más importante del sistema educativo, porque de él depende la formación de la personalidad básica de los niños. Sin el estudio de la lengua es imposible entender el mundo y “Didáctica de la lengua española” no es “Lengua española”, ni cosa que se le parezca.