después del paréntesis

Robert Redford

La presencia de Robert Redford en el mundo de Hollywood es igual y distinta a la de quienes lo rodeaban. Porque habría de trabajar y ganarse la vida como actor allí. Y eso implica crear una imagen para ser reconocido. Tal cosa se repite hasta el infinito: ser famoso, muy famoso. Este espléndido artista no se negó a ello, ni cuando actuó ni cuando dirigió (pocas veces) de manera delicada y brillante. Pero detrás de lo circunstancial, lo acomodaticio, lo que lleva al dinero y a la preponderancia (como le ha ocurrido y ocurre a muchos, por ejemplo, el proceso continuado de venta de Marilyn Monroe) Robert Redford se erigió en persona singular y respetable y no cayó en la trampa de la ensoñación o de la destrucción. Fue un hombre público, en efecto; contó con méritos para ello; guapo, muy buen intérprete, dúctil, con una solvencia de oficio extraordinaria, de mirada precisa, de expresión concluyente y sensata, en el drama o la comedia, y de movimientos exactos. De modo que se guardó para sí lo ínsito del ser consciente, consecuente, digno, honorable y con una raigambre ética incólume. Eso demostró en sus relaciones personales (los amigos y conocidos) o en el ámbito familiar, con sus hijos (dos de ellos muertos) y con su segunda y definitiva mujer. Por ello siempre se planteó cuestiones fundamentales en la vida y en el oficio, en conocimiento y responsabilidad. El cine es cine, se dijo. Es importante el que han hecho y harán los grandes estudios. Pero, ¿qué decir de los cineastas independientes? El mundo del arte, se repitió, no estriba en el poder, en la cantidad de dólares que se gasta en una película, el mundo del arte remite al arte, informa sobre sí mismo. O lo que es lo mismo, un artista alejado de la centralidad, con dificultades para la producción o pocos medios para ello no solo puede crear obras dignas sino que pueden formar parte básica de la historia del cine, como ocurrió con Orson Welles alejado de los clamores de la gran industria. Y leyó. Por ejemplo, la experiencia de Brasil, “Cinema Novo”, el cine pobre. Allí relucieron autores a mirar y remirar, como el grande Glauber Rocha, que dio a la pantalla Dios y el diablo en la tierra del sol, Terra em trance o Antonio das mortes. Se comprometió y creó (en conciencia, insisto) el festival que no solo ha de analizarse ideológicamente (Sundance) sino lo que reveló: esplendidas películas de la creación lateral, para bien del cine y de la profesión y para subrayar los valores de la lejanía. Fue un ecologista consecuente y hasta radical y puso en el lugar de su vida al infausto que llegó a ser su presidente Donald Trump. Y así lo disfrutamos, con el esplendor simpático de Dos hombres y un destino, el papel estricto de El golpe o la esforzada estampa radical del periodista cimero en Todos los hombres del presidente. Un artista espléndido y una persona excepcional.