por qué no me callo

Sánchez, Vingegaard y el Nobel de la Paz

Hace cuatro años de la erupción del volcán Cumbre Vieja en La Palma y cinco de la pandemia. ¡Qué dos guerras! Ahora, asistimos, simultáneamente, a dos guerras de verdad con muchos muertos.

Pero algo inaudito está sucediendo. La erupción y la pandemia concitaban un mismo sentimiento de espanto y solidaridad. En cambio, la guerra de Gaza tiene partidarios y

detractores entre los dirigentes. Hay quienes alientan a Israel a acabar su trabajo.Esto es un conflicto en sí mismo, la batalla de los relatos, la defensa de los crímenes con tal de no dar la razón al adversario político. No puede haber discrepancias sobre las bombas, o se está perdiendo la cabeza. Y en cualquier momento nacerá el Partido de la Guerra como si tal cosa. En medio del caos, todo es posible. El ardor guerrero, que decía Muñoz Molina, nos incita desde la mili, pero, llevado a estos extremos, solo recuerdo algo parecido en la invasión de Irak.

Porque la vida no es un videojuego entre héroes y villanos. Aunque eso nos quieran vender los Smotrich que negocian con las guerras. Así se llama el ministro israelí que alardea de la “mina de oro inmobiliaria” de Ciudad de Gaza, donde sobre las ruinas y cadáveres se pretende construir la Riviera de Oriente Próximo, el paraíso del infierno, para un turismo sin escrúpulos, para un tipo de ocio crepuscular. Smotrich, ultra y deslenguado, fanfarronea con que ya el Gobierno israelí está negociando con EE.UU. cómo repartirse el pastel “en porcentajes”, mientras los tanques de Israel aplastan los últimos rescoldos palestinos.
Es una guerra, decíamos, que tiene fans y desafectos, a pesar de que mueren niños de hambre o asesinados cuando van por comida a un punto de reparto. En España, Ayuso es una incondicional de Netanyahu. Y su primus inter pares, Aznar, se ha erigido en el guardián de Occidente, afín a los delirios genocidas del primer ministro israelí, algo impensable en un Aznar que en los 80 abogaba por la solución de los dos Estados. Él es el que ahora previene que, si no se le deja a Israel hacer “lo que está haciendo”, Occidente quedará “al borde de la derrota total”.

Aznar es un señor sin rastro de arrepentimiento por habernos metido en una guerra en 2003, de la mano de su amigo George W. Bush, cuando, en contra de Naciones Unidas, apoyó la citada invasión de Irak, tras el ataque a las Torres Gemelas, por la falsa posesión de armas de destrucción masiva.

¿Por qué la guerra de Gaza no concita el mismo consenso solidario que aquella pandemia y que aquel volcán? ¿Qué oscuras razones anidan en las mentes de quienes animan a Israel a terminar su infamia y se niegan a condenar el genocidio que estigmatiza este primer cuarto de siglo? ¿Dónde se meterán cuando llegue, de modo indefectible, el Núremberg de la actual carnicería?

Con las lecciones tan recientes de la historia, de hace tan solo 80 años, nada hacía sospechar que se tropezaría dos veces en la misma piedra, y que un sector de la sociedad y de los líderes arroparía el exterminio despiadado como antídoto frente a la veleidad izquierdista pro derechos humanos.

Ya sé, ya sé, que este no es el mejor de los mundos, que los malos han tomado la delantera y llevan clara ventaja en esta carrera a sangre y fuego y que se apoyan unos a otros para no dejar pasar la oportunidad. Que pedalean con fuerza y están cerca de la meta. Pero ya hemos visto lo que pasó en la etapa final de la Vuelta a España, cuando irrumpió una nube humana y se paró el pelotón.

Esta guerra puede depararnos todavía sorpresas inimaginables, aunque algunos querrían verla terminar, que no les roben esa etapa final de la devastación total de la Franja, con sus decenas y es probable que centenares de miles de cadáveres humanos.

Bajo este clima, hablar de paz provoca en los escépticos risas en público. Estos días de polémica sobre el Nobel que tanto ansía Trump, se ha colado el nombre de Sánchez, que es innombrable en el universo del PP y Vox. En una entrevista en ATLÁNTICO TV, de DIARIO DE AVISOS, el ministro Torres opinó, en una supuesta disyuntiva, que el Nobel de la Paz se lo merecería más Sánchez que Trump, algo a todas luces obvio. Como quiera que su opinión se ha viralizado, la claque política de Netanyahu en España se ríe y mofa y niega el genocidio, como si habitara otro planeta.

A Jonas Vingegaard, el ganador de la Vuelta a España, el ciclista que sonreía sin dramatizar por no poder celebrar su triunfo en el podio, se le ocurrió una explicación para lo sucedido: “La gente lo hace por una razón. Es terrible lo que está pasando. Creo que los que protestan quieren tener una voz”. La voz sin nombre.

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