de remplÓn

¡Silencio, se lee!

La demanda de silencio es cada vez mayor. Este producto no es fácil de encontrar en las estanterías del supermercado empaquetado al vacío, porque es una mercancía difícil de envasar y de catalogar, si nos ponemos marxistas. El silencio, o la ausencia de ruidos molestos, es casi imposible de conseguir. Huimos del sosiego y de la lentitud. La bulla de los coches, de las sirenas de la urgencia lo inundan todo; los estampidos de los voladores, que tanto mal hacen al género humano, también afectan a las mascotas y a los que se dejan dormir en la siesta con pijama, padrenuestro y orinal, que diría Camilo José Cela.

El personal habla y se ríe, en algunos ambientes, a un nivel muy parecido al que emiten algunas criaturas selváticas del Amazonas. No sé a qué mundanal ruido se refería Fray Luis de León en pleno siglo XVI, cuando en aquella época era impensable la presencia de la radial en nuestras vidas. Una herramienta que puede ser usada, a veces a dúo con el martillo eléctrico, desde las ocho de la mañana hasta la hora de la suelta.

La lectura también atravesó su momento en voz alta, eran otros tiempos. Pocos eran los que sabían descifrar la letra impresa, y la cultura oral vivía una etapa de esplendor. Luego, la ruminatio monacal cumplió como lectura entre dientes, como un murmullo, hasta que los labios emitían leves movimientos de puertas adentro. Y luego llegó la lectura silenciosa.

No obstante, hay cada vez más grupos que desean dar un giro, una vuelta hacia una nueva situación. Existe un regreso al silencio. Porque una nueva moda se impone, ha venido para quedarse. Se trata de reunirse para leer acompañados en el silencio escogido, solo interrumpido por el canto del estornino pinto, y el suave aleteo de una coruja crepuscular. Esta nueva tendencia, las Silent reading parties, ya se dejan ver en los parques de algunas ciudades, es ya un gesto visible de estas fiestas que piden silencio, burbujas de sosiego, en reductos de serenidad que ojalá vayan a más.

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